“Anem per feina”

¿Pero no habíamos quedado en que el tripartito parte 2 iba a ser un bálsamo para la sociedad? ¿No se iba a dedicar a la cosa social, olvidando las pulsiones identitarias del pasado?

A la primera piedra han tropezado las buenas intenciones del nuevo tripartito orquestado por el etnicismo catalán, esa curiosa mezcla de socialistas, nacionalistas y ex comunistas disfrazados de no se sabe muy bien qué. ¡Máscaras fuera, se acabó el disfraz, anem per feina, manos a la obra! El Gobierno de la nación decreta una hora de castellano en todos los colegios de España y el gobierno regional catalán decide dar el primer paso para llevar tamaña atrocidad genocida ante el Tribunal Constitucional.

¿La viabilidad de la supuesta nación catalana depende de 60 minutos a la semana dedicados a aprender una de las lenguas más habladas del mundo? Vaya, tal vez por aquí estábamos equivocados y cuando escuchábamos a socialistas, nacionalistas y ex comunistas disfrazados de no se sabe muy bien qué hablar de la “nación” catalana, creíamos que se referían a eso, a una nación, y no a un chiringuito callejero. Porque si se tratara de una nación de verdad, y no de una patraña, ¿qué habría de temer frente a una hora de clase a la semana?

Han convertido la lengua catalana en instrumento de partido y en arma de destrucción de la convivencia, por más que ahora Carod se rasgue las vestiduras y pretenda lo contrario. Y empiezan a recoger los frutos de semejante barbaridad: o mantienen esa lengua con dinero, imposiciones, leyes represivas, multas y controladores lingüísticos, o desaparece. Y como llevan 100 años vinculando el catalán a la existencia de su supuesta nación, con el fracaso de esa lengua fracasa también la nación que jamás existió más que en la mente enfermiza de cuatro ignorantes con muy mala idea.

Pero el agresivo rechazo a los 60 minutos de castellano a la semana no es más que el reflejo de una situación provocada por el proteccionismo y el intervencionismo que caracteriza a todos los nacionalismos, incapaces de salir adelante sin la presión sobre la sociedad. Porque el control de la ciudadanía es el único método posible cuando se trata de crear realidades artificiales.

Ese control se viene ejerciendo en las regiones gobernadas por nacionalistas y socialistas a base de una política de subvenciones permanentes y más que generosas a cuanto tenga que ver con la identidad que se pretende crear. O la ficción de la identidad se mantiene con dinero público (y privado, ya se encargan los gobiernos regionales y los partidos etnicistas de chantajear a las empresas), o todo el tinglado se va al agua.

Pero también se concreta en la lucha encarnizada contra todos los símbolos, hechos, circunstancias, gestos políticos, costumbres, declaraciones, medios de comunicación o tradiciones que sugieran la más mínima idea de unidad nacional, llámese corridas de toros o 60 minutos semanales de clase en castellano.

El tripartito parte 2 no ha tardado ni un mes en mostrar su verdadera cara, su razón de ser, la digamos ideología en la que chapotean los partidos que lo integran. El amontillado xenófobo que lo preside tuvo un gesto a los diez minutos de llegar al gobierno regional y mandó colocar una bandera española en un edificio oficial. Se limitó pues a cumplir con su obligación, es decir, con la ley que ha prometido aplicar. Pero el episodio de la bandera no fue más que eso, un episodio pasajero. La política de verdad empieza ahora. La política xenófoba. Y es la misma que antes.

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