¿Se ha vuelto patriota Rodríguez?

“España, en la semántica zapateril, se llama el maquillaje de una necesidad, el aderezo de una carestía, el afeite de una dificultad, el adorno circunstancial de un pedazo de la nada.”

De repente el presidente del gobierno socialista español ha empezado a hablar de España. A propósito de acontecimientos como la crisis navarra, ha empezado a utilizar un lenguaje desconocido hasta la fecha en este casquivano hacedor de patrias a la carta, que durante más de tres años se ha dedicado a besar los caminos por los que caminaban los nacionalistas varios que pueblan algunas regiones del país.

El señor Rodríguez dice haberse vuelto español. Lejos quedan sus definiciones de patria, a cual más retorcida, puestas en circulación con la única intención de jalear a los etnicistas. La patria ha sido en alguna ocasión para el presidente del Gobierno la libertad. Pero cuando le daba por leer a Antonio Gamoneda, decía que la patria era la Justicia (“un país con justicia”). Luego leía a Virginia Wolf y concluía que “como mujer no tengo patria, como mujer mi patria es el mundo”.

Desde que llegó a Moncloa el hacedor de patrias ha hablado muchas veces de la patria, pero lo ha hecho precisamente para soslayar el asunto que realmente le molesta: la idea de España como nación, como patria. A estas alturas quedan pocas dudas acerca que a nuestro presidente del Gobierno no le gusta España.

Aunque ahora, de repente, la publicidad institucional aparece firmada con el latiguillo de “Gobierno de España”, en lugar de la habitual referencia al ministerio correspondiente. De repente desde Moncloa se decide que Televisión Española necesita un “mandato marco” en que se explicite que el ente sirve para “construir la identidad española”. ¡Manda trillos!

En esto del nacionalismo los socialistas, con Rodríguez a la cabeza, nos tienen tan acostumbrados al doble lenguaje (cuando no al engaño más descarado) que pocas cosas nos pueden sorprender ya. No hace demasiado tiempo, el 11 de febrero de 2001, el futuro presidente autonómico gallego, Pérez Touriño, anunciaba desde las páginas de La Voz de Galicia juto lo que no pensaba hacer:

“No excluyo que el PSOE dejase gobernar al PP con mayoría simple. Mi proyecto no coincide con unos nacionalistas que culpan de todos los males a Madrid, Bruselas y la globalización.”

En el otro extremo geográfico, Miquel Iceta, uno de los máximos dirigentes del muy mimado por Moncloa socialismo catalán no se ha recatado en proclamar:

“Los socialistas catalanes hemos rechazado siempre la idea de que una nación comporte una identidad nacional homogénea basada en razones étnicas, lingüísticas o culturales.”

Poco importa que Rodríguez y los suyos aparezcan ahora con el deneí nacional en la boca. Si las encuestas electorales pintan bastos, todavía les veremos envueltos en la bandera. Claro que en este país de desmemoriados puede que hasta les funcione. Ignacio Camacho:

“La clave se llama España. Los brujos de la demoscopia, que escrutan las encuestas y ofrecen al presidente consejos para que los desestime, le han dejado sobre el escritorio un cartel con el nombre de la nación rotulado en grandes letras rojas. Los arúspices de la sociología han concluido que las causas de la derrota municipal del PSOE fueron el diálogo con los terroristas y la cesión al PP del concepto de la identidad nacional, y han sugerido a Zapatero que si quiere ganar las generales tiene que imbuirse de patriotismo para despojar al adversario del monopolio de la españolidad.

“Paradojas de la política: después de tres años de deconstrucción semántica y constitucional del término, el mago sonriente se ve impelido por la necesidad a llenarse la boca de una palabra en la que no cree. Pero cree en el poder, y su propia falta de ideas sólidas favorece el recurso al pragmatismo. Si para Enrique V París bien valía una misa, para este Peter Pan con pantalones largos la Moncloa bien puede valer una bandera.

“En este repentino y sobrevenido descubrimiento de España no hay instrumento que desmerezca el uso de la nueva retórica de conveniencia. Matizada, eso sí, de una inflexión de progresía que camufle el giro diametral de la táctica. El ideograma inscrito por el Gobierno en la nueva carta estatutaria de la televisión pública, declarada al servicio de la «construcción de la identidad española», resume como un acta programática el alcance de la flamante reconversión ideológica.

“Una base de buenismo abstracto en la declaración de principios, una pizca de pluralidad lingüística, un pellizco de adanismo iluminado y el habitual perejil de la nación de naciones: los ingredientes del discurso hueco del zapaterismo, recalentados en el microondas retórico de un vago patriotismo de nueva hornada según la vieja máxima del minero leonés: ni una mala palabra, ni una buena acción.

“El objetivo es meramente operativo: pertrecharse de armamento propagandístico con el que neutralizar la ventaja del enemigo en un terreno abandonado durante tres años de estéril ofensiva en dirección opuesta. Le favorece, sin embargo, la pereza de un rival acomodado en su trinchera hasta el punto de descuidar su retaguardia más segura, y que parece sestear sin apercibirse de que el contrincante ha girado la posición y se dispone a arrebatarle sus gallardetes simbólicos para encabezar con ellos una marcha en sentido contrario, aunque sea a contramano de sí mismo.

“Combate antiterrorista y españolismo de circunstancias; Zapatero fía su estrategia de falsa rectificación a la desmemoria ciudadana y al poderío de su aparato publicitario.

“Porque detrás de esta máscara de cosmética no hay, como de costumbre, más que un inmenso vacío, una oquedad ideológica, un océano de ambigüedades surcado por la balsa de la sonrisa mágica. España no interesa como problema, sino sólo como muletilla trivial, como burladero de ocasión en el que esquivar la embestida urgente de un problema.

“España, en la semántica zapateril, se llama el maquillaje de una necesidad, el aderezo de una carestía, el afeite de una dificultad, el adorno circunstancial de un pedazo de la nada.” Ignacio Camacho, España como burladero

Más información en El PSOE rescata la «E»

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Un comentario

  1. “Ni una mala palabra, ni una buena acción”. Así es el “iluminado” que habita en la Moncloa. Espero y deseo por el bien de todos que desaloje pronto el palacete. Le viene grande.

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