Cuatro
años de grietas

Uno de los argumentos recurrentes del nacionalismo de raíz socialista  hace alusión a la
inquebrantable unidad de la patria.


Antes de que Rodríguez et alii
pillaran la interesada gripe electoral españolista que en la
actualidad padecen, solían acusar a los críticos con apaños legislativos como
el estatuto catalán de estar en la inopia: ¿Veis, argumentaban, España no se ha
roto? Como si el BOE se tuviera que comportar como los movimientos tectónicos y
de pronto, al otro lado del Ebro, tuviera que separarse la tierra al estilo de
las películas bíblicas de Cecil B. de Mille.


El caso es que la unidad se ha resquebrajado en España desde muchos puntos de
vista. La voracidad reglamentista de los gobiernos regionales ha hecho una
parte, y el hacedor de patrias el resto.


Hoy los derechos civiles de los
ciudadanos son distintos, dependen de las regiones en que estos se encuentran,
porque la unidad jurídica y también la económica se han quebrado. Ha surgido la
desigualdad territorial con reglas del juego que se aplican en zonas
específicas, pero no en toda la nación.


Las regiones “nacionalizan” de manera
unilateral bienes de interés general que pertenecen a todos los ciudadanos del
país. Y es frecuente contemplar el lamentable espectáculo que ofrece el
Gobierno sentándose a negociar de igual a igual con determinadas delegaciones
regionales como si se tratara de naciones de verdad.


Mientras tanto se ataca de mil maneras cualquier idea que suponga reforzar los
vínculos que nos unen, llámese idioma, instituciones, tradiciones, fiestas
populares o competiciones deportivas. Y desde el Gobierno se toleran todas esas
agresiones, cuando no se alientan.


El nacionalismo socialista llegó al poder acusando al PP de haber dividido y enfrentado
a los españoles y de haber atacado injustamente los legítimos derechos de
algunas regiones. Pero casi cuatro años después, la división radical del país
en dos bandos es un hecho. La agresión permanente contra la mayoría de la
población y la crispación
han alcanzado cotas que resultan francamente preocupantes.


Cuando empezó la legislatura los etnicistas reclamaban reformas estatutarias.
Hoy exigen referendos de autodeterminación. Rodríguez llegó a Moncloa
asegurando que iba a sentarse a hablar con los nacionalistas y se comprometió a
que después de ese proceso, los problemas se resolverían. Pero al final del
trayecto lo único que hemos encontrado son procesos de secesión.


El país no se ha roto. Todavía. Como dice el presidente del
Gobierno, necesita un segundo mandato para terminar la faena.

Elecciones 2008

 

 

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