La lengua, último estandarte étnico

Libertadocoaccion“Así como en el mercado libre existen productos más útiles, más prácticos, más económicos, con una mejor relación calidad-precio, en el mercado lingüístico existen lenguas más solicitadas y utilizadas que otras. Este ha sido, es y será el caso del español con respecto al catalán, el vasco o el gallego.”

En ¿Libertad o coacción? Políticas lingüísticas y nacionalismos en España, Xavier Pericay coordina un riguroso estudio en el que se analiza, autonomía por autonomía, la situación actual de la lengua española y de las regionales, las políticas lingüísticas que en cada lugar se aplican y el papel que en este ámbito juegan los respectivos sistemas educativos.

Los análisis están firmados por Aurelio Arteta, Xosé María Dobarro, Santiago González, Eduardo Jordá, Jon Juaristi, Amando de Miguel, Agustí Pérez Folqués, Valentí Puig y el propio Pericay, y suponen un acabado retrato de la situación que a día de hoy atraviesa el español en España. Las conclusiones de esta investigación se resumen en estas palabras de Pericay:

“Cuando uno observa, después de un cuarto de siglo de autonomía –y de Estatutos, algunos renovados, y traspasos de competencias–; cuando uno observa, digo, lo ocurrido en las Comunidades españolas donde se habla más de una lengua, no puede por menos que preguntarse qué ha fallado. Porque algo ha fallado, sin duda.

“Que la existencia de dos lenguas, en vez de convertirse en un factor de enriquecimiento para los ciudadanos, se haya convertido las más de las veces en una fuente de conflicto, significa que algo no ha funcionado.

“¿La Constitución, tal vez? Es posible. En lo tocante a los asuntos lingüísticos, nuestra Constitución fue muy imprecisa. Los nacionalismos vasco y catalán no estaban dispuestos a aceptar injerencias en este terreno, y la prudencia, y las urgencias de sacar el texto adelante, aconsejaron una redacción mucho más inconcreta de lo que hubiera sido deseable.

“Es verdad, y sería injusto olvidarlo, que este espíritu caracterizó a más de un artículo de la Carta Magna. Y, más allá, caracterizó incluso a la Transición en su conjunto. Pero también es cierto que aquellos polvos rajeron estos lodos.

“Ahora bien, que la vaguedad del texto haya contribuido a la degeneración del espacio público en algunas de estas Comunidades bilingües no debería exonerar a la clase política de su parte de responsabilidad. Y no me refiero tan sólo a la clase política que negoció y aprobó la Constitución; también a la que ha venido detrás.

“Los políticos españoles –y no únicamente los nacionalistas, que al fin y al cabo no hacen más que defender sus intereses– han mirado siempre para otro lado cuando en Cataluña, el País Vasco o Galicia la lengua ha estado en el centro del conflicto y del enfrentamiento entre ciudadanos.

“Que yo recuerde, excepto en el caso del recurso al Tribunal Constitucional contra la obligación de conocer el gallego recogida en la Ley de Normalización Lingüística de esta Comunidad, jamás el Gobierno del Estado ha reaccionado ante un intento cualquiera de un Gobierno autonómico de conculcar los derechos de los ciudadanos.

“Como si lo más sensato, en estos casos, fuera esperar, simplemente, a que amainara. Bien es cierto que las situaciones conflictivas se dan sobre todo en las Comunidades donde gobierna el nacionalismo, lo cual lleva a pensar que el problema no es el marco legal, sino el uso que puede hacerse de este marco. Sin duda.

“Pero incluso en aquellas Comunidades donde el nacionalismo no ha gobernado nunca –la Comunidad Valenciana y Navarra– o ha gobernado poco –Baleares y Galicia– es como si lo hubiera hecho. Quiero decir que ha estado siempre ahí, agazapado, con sus presiones, sus exigencias, sus chantajes. Y los partidos nacionales con responsabilidad de gobierno en la región no han alcanzado a sustraerse de este acoso. Suponiendo, claro está, que lo hayan intentado.

“Por eso, a mi modo de ver, resulta de todo punto necesario modificar el marco legal. Si las Comunidades tienen lenguas propias y lenguas que no lo son, que las Comunidades se ocupen de lo propio y dejen lo impropio en manos del Estado. Y que éste recupere, pues, unas competencias en materia lingüística que jamás debería haber cedido. Y que haga política, política lingüística.

“Por ejemplo, en el campo educativo, reimplantando el viejo sistema de enseñanza estatal en castellano. O en el de la comunicación, donde no tiene ningún sentido, pongamos por caso, que las emisiones para Cataluña de la segunda cadena de televisión española o de radio nacional sean en catalán, como si todavía estuviéramos en plena Transición y no existieran ya medios autonómicos y locales suficientes emitiendo ntegramente en esta lengua.

“Y quien dice Cataluña, dice Baleares o cualquier otra Comunidad que se halle en una situación parecida.
Los nacionalismos no cejarán nunca en el empeño de arrinconar el castellano. Una vez superados, por bsoletos, otros hechos diferenciales como la raza o la religión, la lengua se ha convertido en su único estandarte. Sin lengua no hay identidad, aseguran. Y sin identidad los que pueden acabar sobrando son ellos mismos.

“De ahí que no quepa esperar cambio alguno en sus políticas lingüísticas; al contrario, el fracaso cada vez más visible en la calle les llevará a forzar al máximo su apuesta por el monolingüismo en cuanto depende de la Administración. Y de ahí que los ciudadanos, que lo son del Estado, requieran de éste sus servicios.
Para seguir siendo, en lo posible, ciudadanos.”

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