Golpista
“Mi hijo mayor y heredero presunto a la Corona ha tramado una conjura espantosa para derribarme del trono. Incluso ha llegado a pensar en un atentado contra la vida de su madre.”

La juventud del Rey golpista transcurre entre El Escorial, donde naciera, Aranjuez y Madrid, a remolque siempre de las cacerías inacabables de su padre y de los lances amatorios de su madre, y con la compañía de los negros augurios revolucionarios procedentes de la vecina Francia.

La corte era en aquellos años lugar de sorprendentes prodigios, como los viajes aéreos que realizaba Vicente Lunardi a bordo de un extraño artefacto denominado globo. Y también de grandes espectáculos taurinos, a los que la familia real era gran aficionada, protagonizados por Pedro Romero.

Las “prácticas golpistas” de Fernando VII se desarrollan durante el otoño de 1807. Después de la firma del tratado de Fontainebleau y tras facilitar a los ejércitos napoleónicos la ocupación de Portugal, Carlos IV asiste impasible al despliegue de las fuerzas francesas en España mientras sus súbditos lo observan con recelo.

En el entorno de la Monarquía, en los Consejos, en las cancillerías y capitanías generales, en la cúpula de la Iglesia y del Ejército, cada cual busca nuevo acomodo para los tiempos que se avecinan porque el despotismo del Antiguo Régimen ya ha empezado a mostrar inquietantes grietas, preludio de crisis y cambios.

Alrededor del ambicioso Fernando, que tiene 23 años y es todavía Príncipe de Asturias, se congregan los desplazados por Godoy, los que sueñan con recuperar el control de los resortes del poder. A Fernando le rodean nobles como los duques de San Carlos y del Infantado, el conde de Orgaz, el marqués de Ayerbe, el conde de Teba, el duque de Montemar, el marqués de Valmediano, y clérigos como su antiguo preceptor, el canónigo Escóiquiz. Y con estos conspiradores cuyos objetivos terminan por no distinguir entre ministros y monarcas, lleva a cabo sus prácticas el futuro rey golpista.

Godoy será el primer objetivo de sus conspiraciones y también quien le proporcionará una popularidad del todo inmerecida convirtiéndole en el Deseado.

Los súbditos de Carlos IV, no pocos nobles, eclesiásticos, militares influyentes y desde luego todos los integrantes de la camarilla del Príncipe de Asturias dan pábulo a los mil rumores que corren acerca del poderoso extremeño. Cuentan que Godoy es el proveedor oficial de amantes a la Reina, a la que algún embajador francés califica de “la Mesalina de su siglo”.

Dicen que en el jardín de su casa Godoy entierra cientos de lingotes de oro, que dispone en secreto de un harén, que los bancos de muchas ciudades europeas guardan su fabulosa fortuna, que envenenó a la esposa de Fernando, el Príncipe de Asturias, fallecida unos meses atrás, que pensaba envenenar al Rey y casarse con su viuda para reinar en España.

Fernando participa de este ambiente y estos comentarios y, alentado por quienes le rodean, va conformando a su alrededor la conspiración destinada a acabar con un Godoy que ya controla todos los resortes del Estado y sus finanzas.

Los conspiradores se dan cuenta pronto de que para enfrentarse a tan poderoso enemigo necesitan de alianzas sólidas, y Escóiquiz se entrevista con el embajador francés. El canónigo actúa muy discretamente. Consciente del peligro que supone ser descubierto tratando directamente con el representante de una nación extranjera, sus conversaciones con el representante de Napoleón buscarán siempre el secreto y la reserva.

En sus encuentros, Escóiquiz habla al diplomático de la admiración del Príncipe de Asturias por la labor del Emperador y le sugiere que a Fernando, el futuro Rey de España, le gustaría contraer nuevamente matrimonio, en esta ocasión con alguna pariente de Napoleón.

En París las noticias procedentes de España encajan perfectamente con el gran tablero de juego en que Napoleón ha convertido el mapa de Europa. Cubierta la espalda rusa de su imperio gracias a sus acuerdos con el zar Alejandro, Napoleón se enfrenta ahora al único enemigo de verdad que le queda: Inglaterra. Y para ello necesita disponer de España y Portugal.

El Emperador ya controla a Carlos IV y a Godoy. ¿Por qué no incorporar también el heredero a la lista de títeres? Y Napoleón exige el compromiso de Fernando:

– Que nos lo pida por escrito.

Fernando no podía en modo alguno concertar su matrimonio a espaldas del Rey y de acuerdo con el gobernante de una nación extranjera. La prueba de su traición, el documento que demostraba haberse puesto al lado de Napoleón y contra su padre, lleva fecha de 11 de octubre de 1807. Es una carta dirigida al Emperador firmada por Fernando en la que solicita la protección de Napoleón, pide su apoyo para apartar a Godoy y plantea la cuestión de su matrimonio:

“Yo tenía el temor de incomodar a Vuestra Majestad Imperial y Real, en medio de sus hazañas y los grandes asuntos que sin cesar le rodean. Eso me ha impedido hasta ahora satisfacer directamente el más vivo de mis deseos, que es el de expresar, al menos por escrito, los sentimientos de respeto, estima y adhesión que consagro a un héroe que borra a cuantos le han precedido y que ha sido enviado por la Providencia para salvar a Europa del trastorno general que la amenazaba.

“Lleno de respeto y de amor filial por aquel a quien debo el día y que posee el corazón más recto y más generoso que pueda imaginarse, no osaré decir nunca a Vuestra Majestad Imperial lo que ella conoce mejor que yo, y es que esas mismas cualidades tan estimables sirven muy a menudo de instrumento a personas malignas y artificiosas que oscurecen la verdad ante los ojos de los soberanos, aunque sean tan análogos a caracteres como el de mi respetable padre.

“Si esos mismos hombres que por desgracia existen aquí, le dejasen conocer a fondo a Vuestra Majestad Imperial como la conozco yo, ¡con qué ardor mi padre no desearía estrechar los lazos que deben unir nuestras dos casas! ¿Y qué medio más idóneo para este objeto que el de pedir a Vuestra Majestad Imperial el honor de poder aliarme con una princesa de su augusta familia?

“Imploro con la mayor confianza la paternal protección de Vuestra Majestad Imperial a fin de que no solo se digne concederme el honor de aliarme a su familia, sino también de que allane todas las dificultades y haga saltar todos los obstáculos que puedan oponerse a ese objeto de mis deseos.”

Las precauciones de Escóiquiz y los conspiradores fernandinos, el secreto de sus contactos con Francia, no resultaron suficientes. El 27 de octubre de 1807 el Rey recibe un informe en el que se le advierte acerca del complot tramado por su propio hijo, que entre otras cosas tiene como fin acabar con la vida de la Reina. El documento es anónimo:

“El vasallo fiel que da este aviso no se encuentra en posición ni en circunstancias para poder cumplir de otra manera sus deberes.”

A las siete de la tarde Carlos IV recibe a su hijo y le recrimina con gran dureza su comportamiento. Fernando no sabe cómo reaccionar. Se da cuenta de que han registrado sus dependencias.

Sobre una mesa, junto al Rey, puede ver los papeles comprometedores, las cartas y documentos que escondía celosamente, las pruebas de su traición. Su padre ordena que permanezca encerrado en sus habitaciones hasta nueva orden y la Reina envía los documentos a Godoy.

Poco después el Príncipe de Asturias es encerrado en una de las celdas del monasterio. Colocan grandes cerrojos en la puerta y le mantienen incomunicado y vigilado permanentemente por los soldados.

Luego los reyes y sus consejeros examinan los documentos encontrados a Fernando. Los papeles hablan de decretos que Fernando firmará en cuanto su padre fallezca y sea proclamado rey, de las negociaciones de su matrimonio con alguna pariente de Napoleón, hay también escritos en los que se critica duramente a Godoy y se recomienda su destitución.

Tras revisar todas las pruebas y establecer los hechos que los conspiradores preparaban, Carlos IV escribe a Napoleón:

“Mi hijo mayor y heredero presunto a la Corona ha tramado una conjura espantosa para derribarme del trono. Incluso ha llegado a pensar en un atentado contra la vida de su madre. Tan horrible designio debe ser castigado de manera ejemplar. El derecho del príncipe a la sucesión debe ser revocado. Cualquiera de sus hermanos será más digno de sustituirle en mi corazón y en el trono.”

En la corte corren rumores de todo tipo a propósito del futuro que espera al Príncipe de Asturias. La Reina, defensora a ultranza de Godoy, habla de ejecutar a su hijo. Se comenta que es inminente el nombramiento de Francisco de Paula, el supuesto hijo de la Reina y Godoy, como Príncipe de Asturias.

En este ambiente, el ministro de Gracia y Justicia, José Caballero, recibe el encargo de interrogar a Fernando, que no tarda en derrumbarse y admitir todo lo que le ponen por delante.

A lo largo de su confesión delata a sus compañeros de conjura, a los que acusa de haberle arrastrado. Habla de Escóiquiz y del duque del Infantado y les señala como artífices de todo el complot. Poco después los dos son detenidos junto al marqués de Ayerbe, el conde de Orgaz y muchos de los que frecuentaban la camarilla del Príncipe de Asturias, y se inicia el procedimiento judicial.

Cuando todas estas noticias se van conociendo el pueblo toma partido rápidamente por Fernando, al que ven como el brazo justiciero que va a librar a la nación del impopular Godoy. El desprestigio del Rey y de una Reina que comparte lecho y poder con el “choricero”, como apodan al Príncipe de la Paz, conducen a la exaltación de Fernando.

Una de las piezas fundamentales del juicio contra los conspiradores era el embajador francés. Pero Napoleón, enterado de los sucesos de El Escorial, niega rotundamente su participación en los hechos y deja bien claro que involucrarle se considerará un acto de guerra. Asimismo se declara protector del Príncipe de Asturias.

Con perspicacia, Godoy cambiará entonces de estrategia. Las relaciones de Fernando con Napoleón, de quien Godoy espera la entrega de un principado en Portugal, su popularidad y su influencia en el Ejército no aconsejan tomar partido en su contra. Godoy visita en su celda a Fernando, que implora de rodillas la ayuda del valido, y le promete su apoyo.

Poco después, a instancias de Godoy, el Príncipe de Asturias suplica por escrito a su madre que interceda para obtener el perdón real:

“Me arrepiento de la gran falta que he cometido; con la mayor sumisión os pido perdón por mi testadurez a negarme a decir la verdad. Por eso suplico a Vuestra Majestad, desde lo más profundo de mi corazón, que os dignéis hacer de intermediaria entre mi padre y yo, a fin de que él permita a un hijo reconocido ir a besar los pies de Su Majestad.”

Por su parte, Godoy presiona para convencer a Carlos IV de que levante el castigo y perdone.

– Ha denunciado a los verdaderos culpables -le defiende-. Y muestra su arrepentimiento.

El día 5 de noviembre de 1807 el rey accede al perdón a través de un decreto:

“La voz de la naturaleza desarma el brazo de la venganza y cuando la inadvertencia reclama la piedad, un padre afectado no puede rehusarla.”

Fernando ha logrado salir del episodio sin grandes dificultades y ha reforzado su popularidad. Cuando se celebra el tedeum con motivo de la resolución del conflicto, el pueblo no aclama a las víctimas de la conjura, los reyes, sino al Príncipe de Asturias, el principal acusado. A partir de este momento sus intrigas se harán más refinadas y eficaces. En cuanto obtiene el perdón paterno empieza a tramar su siguiente paso y pone en marcha el primer golpe de Estado de la España contemporánea.

En cuanto a Godoy, ha conseguido nuevamente nadar y guardar la ropa en la corte y pretende aprovechar el juicio para librarse de sus más activos enemigos. Pero no sucede lo mismo en la calle, donde el pueblo ha tomado partido por Fernando y sus cómplices.

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