Peorespoliticos

“Así pues por un tratado firmado y ratificado, he cedido a mi aliado y caro amigo el Emperador de los franceses todos mis derechos sobre España e Indias.”

Los episodios de El Escorial (El rey golpista) y Aranjuez (La toma del poder) se saldaron con grandes beneficios para Fernando VII, uno de los monarcas menos edificantes de nuestra Historia, que gracias a ellos empezaba a labrar su popularidad entre sus súbditos, para los cuales la figura del Rey deseado empezaba a cobrar forma.

Tras la abdicación de Carlos IV, María Luisa, su hija, antigua reina de Etruria destronada por Napoleón, imploró la protección del general Murat, duque de Berg y jefe del ejército napoleónico acantonado a las puertas de Madrid. Al mismo tiempo que Fernando VII se proclamaba nuevo Rey de España, la princesa escribía al militar francés para pedirle que la defendiera, a ella y a sus padres, los reyes, del hijo que había obtenido el trono utilizando tan malas artes.

La Francia napoleónica aprovecha de nuevo la situación de permanente crisis en que vive la familia real española para abrir nuevas vías de agua. El general Murat se niega a reconocer al nuevo Rey y ofrece su protección a Carlos IV. La reina María Luisa, incorporada al carro de las peticiones inaugurado por su hija, decide dar un paso más y escribe al duque de Berg:

“Que el gran duque obtenga del Emperador que se nos dé al Rey, mi esposo, a mi y al Príncipe de la Paz lo necesario para vivir los tres juntos, en lugar conveniente a nuestra salud, sin autoridad y sin intrigas.”

A partir de aquella rendición sin condiciones, Murat maniobra con destreza y rapidez y consigue del depuesto Rey un escrito en el que Carlos IV niega que haya abdicado por su voluntad:

“He sido forzado a abdicar, pero confiando plenamente en la hora que atravesamos en la magnanimidad y el genio del gran hombre que siempre se ha mostrado mi amigo, tomo la resolución de conformarme en todo a lo que ese gran hombre decida respecto a mi suerte, la de la Reina y la del Príncipe de la Paz. Presento a Vuestra Majestad Imperial mi protesta contra los sucesos de Aranjuez y contra mi abdicación. Me entrego y confío enteramente al corazón y amistad de Vuestra Majestad.”

La petición no se hace pública pero lleva la firma del viejo Rey. Y mientras las fuerzas de Murat entran en Madrid y el pueblo empieza a pensar que tal vez no hayan llegado para acabar con Godoy y proteger al nuevo monarca, Fernando VII, que se considera rey gracias a la presión popular de un motín, intenta desesperadamente que el Emperador reconozca la legitimidad de su nombramiento.

A Madrid llegan noticias de que Napoleón viaja camino de Bayona y el día 10 de abril de 1808, Fernando parte hacia aquella localidad para entrevistarse con el Emperador tras dejar el gobierno de la nación en manos de una Junta Suprema presidida por su tío, el infante Don Antonio.

Pero las intenciones de Napoleón son muy distintas. Su Ejército ya ocupa el país y cree que todavía no se percibe como una fuerza invasora. Necesita que las cosas sigan igual para de este modo hacerse con la Península sin grandes dificultades. Para ello en sus planes figura la reunión en territorio francés de cuantos se disputan el poder en España, la familia real y Godoy, con el fin de neutralizarles.

Para liberar a Godoy sin despertar sospechas se sugiere a la Junta Suprema que ha sido el propio Fernando VII quien ha dado la orden. Y apuntan también que la libertad de Godoy y su alejamiento de España es una solución que impedirá definitivamente el regreso del favorito de Carlos IV al poder. La Junta accede y Godoy parte hacia Bayona.

Mientras espera la llegada del Emperador, Fernando VII recibe información de lo que acontece en Madrid. Su tío, el infante Don Antonio, le escribe lo que puede constituir una verdadera crónica de la corte. Los detalles de la misiva y el lenguaje empleado reflejan de manera muy expresiva el ambiente en que vivía la familia real:

“La gusana [la reina María Luisa, madre de Fernando VII] ha obtenido que se libertase al príncipe choricero; pero es el bestia de tu padre el que pide con más calor esa libertad y también que no se le corte la cabeza al choricero. La tierna pareja sigue como siempre en El Escorial, guardada por esos traidores de carabineros y por los soldados franceses a las órdenes del general Guatire, un borracho que se pone a roncar en la mesa cuando se llevan los postres.

“Tu padre, que no puede menearse por el reumatismo, dice que sus dolores son las espinas que tú le has clavado en el corazón. ¿De dónde ha sacado mi hermano esas palabras tan elegantes? Ha debido de enseñárselas la gusana.

“Al pedir a mis colegas de la Junta Suprema la libertad de Godoy, Murat ha sostenido que eras tú, cuando tenías el pie en el estribo para salir de Madrid, quien has mandado que se le liberte. ¡Farsante! ¿Por qué no me lo dijiste?

“Luisita, la etruria, afirma que ha hablado del asunto con Murat en su propia alcoba. ¡Ya ves qué desvergonzada!“

Los últimos en llegar a Bayona serán Carlos IV y María Luisa, su esposa, que entran en aquella ciudad el 30 de abril. Y mientras en España la población empieza a enfrentarse a las fuerzas francesas, Napoleón necesitará menos de una semana para que su estratagema surta efecto. Fernando renunciará expresamente al trono de su padre. La Gaceta de Madrid recoge su declaración:

“He entregado una carta a mi amado Padre concebida en los términos siguientes: Señor: Mi venerado Padre y Señor: Para dar a V.M. una prueba de mi amor, de mi obediencia y de mi sumisión, y para acceder a los deseos que V.M. me ha manifestado reiteradas veces, renuncio mi corona en favor de V.M. deseando que V.M. pueda gozarla por muchos años.”

Inmediatamente después Carlos IV declara por escrito que cede al Emperador todos sus derechos sobre España y las Indias:

“He tenido a bien dar a mis amados vasallos la última prueba de mi paternal amor. Su felicidad, la tranquilidad, prosperidad, conservación e integridad de los dominios que la Divina Providencia tenía puestos bajo mi gobierno, han sido durante mi reinado los únicos objetos de mis constantes desvelos.

“Hoy en las extraordinarias circunstancias en que se me ha puesto y me veo, mi conciencia, mi honor y el buen nombre que debo dejar a la posteridad, exigen imperiosamente de mi que el último acto de mi soberanía únicamente se encamine al expresado fin.

Así pues por un tratado firmado y ratificado, he cedido a mi aliado y caro amigo el Emperador de los franceses todos mis derechos sobre España e Indias.”

Napoleón nombró rey a su hermano José y los viejos monarcas y Godoy se dirigieron al exilio. Vivieron la Guerra de la Independencia entre el castillo de Compiègne, Marsella y Roma, en tanto que Fernando permaneció en el castillo de Valençay, desde el que escribía a Napoleón cartas que reflejaban bien su carácter:

“Presento a Vuestra Majestad Imperial y Real mis felicitaciones más sinceras por la satisfacción que he experimentado ante la instalación de su querido hermano en el trono de España. Siendo constante objeto de todos nuestros deseos la felicidad del pueblo generoso que habita este vasto reino, no podemos ver a su cabeza un monarca más digno y más preparado por sus virtudes.”

La correspondencia que Fernando dirigió a Napoleón fue abundante y en ella siempre ofrecía su servil sumisión:

“Señor: El placer que he tenido viendo en los papeles públicos las victorias con que la Providencia corona la augusta frente de V.M. Imperial y Real, y el grande interés que tomamos mi hermano, mi tío y yo en la satisfacción de V.M. imperial y real, nos estimulan a felicitarle con el respeto, el amor, la sinceridad y reconocimiento en que vivimos bajo la protección de V. M. Imperial y Real.”

“Doy muy sinceramente a V.M. Imperial y Real la enhorabuena de la satisfacción de ver instalado a su querido hermano el rey José en el trono de España. Habiendo sido objeto de todos nuestros deseos la felicidad dela generosa nación que habita en tan dilatado terreno, no podemos ver a la cabeza de ella un monarca más digno ni más propio por sus virtudes para asegurársela, ni dejar de participar al mismo tiempo el grande consuelo que nos da esta circunstancia.”

“Vuestra Majestad Imperial y Real se digne unir mi destino a los de una princesa francesa de su elección y cumplirá el más ardiente de mis votos.

“Me atreveré a añadir que esta unión y la publicidad de mi dicha, que daré a conocer a la Europa, si V.M. lo permite, podrá ejercer una influencia saludable sobre el destino de las Españas y quitará a un pueblo ciego y furioso el pretexto de continuar cubriendo de sangre su patria en nombre de un príncipe, el primogénito de una antigua dinastía, que se ha convertido por un tratado solemne, por su propia elección, y por la más gloriosa de todas las adopciones, en príncipe francés e hijo de V.M. Imperial y Real.”

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