Colaboracionistas

“La argumentación de que los ilustrados se pusieron del lado josefino y constituían el núcleo duro del partido napoleónico habría que matizarla.”

“La argumentación tantas veces repetida de que, en lo fundamental, los ilustrados de tiempos de Carlos III se pusieron del lado josefino y constituían el núcleo duro del partido napoleónico habría que matizarla, puesto que, si bien es verdad que, por ejemplo, la lista del primer gobierno formado por José Bonaparte ciertamente impresiona por los nombres de viejos ilustrados que la componen: Urquijo, Cabarrús, los generales Azanza y O’Farrill, y el marino Mazarredo (todos ellos amigos y bien considerados, hasta entonces, por Jovellanos), sin embargo, también es verdad que otros ilustrados importantes se pusieron del lado antinapoléonico, como por ejemplo, aparte de Jovellanos, el antiguo ministro de Hacienda Saavedra, el geógrafo Antillón, el poeta Quintana o Floridablanca.

“Además, entre los colaboradores españoles del régimen bonapartista se da algún caso que defiende ya no sólo planteamientos propios del Antiguo Régimen, sino incluso de defensa de la teoría descendente-teocrática de la legitimidad del poder propia de la Alta Edad Media, como el del abad de San Ildefonso y confesor de Carlos IV, el catalán Félix Amat, quien en una carta pastoral del 3 de junio de 1808 que se hizo famosa, y que se publicó en la Gaceta de Madrid, justificando el cambio de dinastía a favor de los Bonaparte, escribía: «Dios es quien da y quita los reinos y los imperios y quien los transfiere de una persona a otra persona, de una familia a otra familia y de una nación a otra nación o pueblo […] Desechemos, pues, con el mayor horror toda especie que pueda dirigirse a insubordinación. …Dios es quien ha dado al gran Napoleón el singular talento y fuerza que le constituye el árbitro de la Europa. Dios es quien ha puesto en sus manos los destinos de España».

“Los afrancesados justificaban la legalidad de las abdicaciones de Bayona a favor de la nueva dinastía de los Bonaparte, que no hay que olvidar que estaba apoyada en las tropas ya asentadas en el país.

“Y solapado con esto se da una disputa de importante calado jurídico-político como es el de la defensa del derecho real frente al derecho nacional como legitimador de la Corona y de la soberanía, defensa llevada a cabo por Napoleón y los colaboracionistas españoles, en el sentido de que el rey -Carlos o Fernando- tenía un derecho patrimonial de disponer de la Corona, frente a la teoría del derecho nacional que defendería la resistencia española, en el sentido de que sólo la Nación en Cortes dispone de esa prerrogativa -argumentación que también se apoyaba en la tradición de la constitución histórica española-, por lo cual las abdicaciones de Bayona no tendrían validez jurídica. Teoría, la del derecho nacional, que recogería la Constitución de Cádiz de 1812, al afirmar que «la Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona».

“Esta dualidad de defensas acerca de la cuestión de en dónde residía la disponibilidad de la Corona, y en última instancia la soberanía, es -desde mi punto de vista- uno de los argumentos principales que desmonta la teoría de que los afrancesados eran los que, fundamentalmente, representaban el verdadero progreso, frente a un bando patriótico que representaría, supuestamente, la defensa más oscura del Antiguo Régimen.

“[Jovellanos desmontó] algunas de las justificaciones de los colaboracionistas, cuando interroga a Cabarrús: «Dirá Vd.,… que Napoleón no quiere esclavizar [a España], sino regenerarla, mejorando esta Constitución, y levantarla al grado de esplendor que merece… Seamos sinceros. ¿Cree Vm. que es esto lo que quiere Napoleón, o quiere sólo levantar un trono para su familia? […] si sólo trata de hacer feliz a España, ¿quién es el que le llama a tan sagrada y benéfica función? ¿Quién le ha dado derecho para ingerir en ella? […] ¿España no sabrá mejorar su Constitución sin auxilio extranjero?».

“Y Jovellanos escribe unos párrafos con cierto estilo vibrante, auténtico manifiesto político, que desmonta la pretendida adscripción de los afrancesados al partido del progreso y de los partidarios de la resistencia a simples defensores del Antiguo Régimen: «Pero no; España no lidia por los Borbones ni por los Fernando; lidia por sus propios derechos, derechos originales, sagrados, imprescriptibles, superiores e independientes de toda familia o dinastía. España lidia por su religión, por su Constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos, en una palabra, por su libertad,… […] España juró reconocer a Fernando de Borbón; España le reconoce y reconocerá por su rey mientras respire; pero si la fuerza le detiene, o si la priva de su príncipe, ¿no sabrá buscar otro que la gobierne? Y cuando tema que la ambición o la flaqueza de un rey la exponga a males tamaños como los que ahora sufre, ¿no sabrá vivir sin rey y gobernarse por sí misma?». Comentando estas palabras de Jovellanos, el historiador Somoza escribió «¿Qué demócrata dijera más?».” Alejandro Diz, Jovellanos y los afrancesados.

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