El nuevo PP y los intereses nacionales

“Parece como si, en vez de integrar a los nacionalistas en el proyecto común, hubiéramos logrado lo contrario: transmitir a los españoles su mal ejemplo. ” Palabras de Mariano Rajoy en diciembre de 2006.

Ante las juventudes de su partido y en el comité ejecutivo del PP, Mariano Rajoy ha repetido de forma solemne que sigue siendo el mismo de siempre, con las mismas ideas, idénticos objetivos y (cabe suponer) los mismos rivales.

Sin embargo el desconcierto de votantes y simpatizantes podría empezar a tornarse enfado, y de los gordos, si continúa el goteo de declaraciones más próximas al zapaterismo que a las ideas defendidas hasta la fecha por el Partido Popular.

Puede que todo se deba a un error de percepción, o a la mala voluntad del perplejo ciudadano, espectador de un guión tan poco edificante en las últimas semanas. Reconozcamos pues nuestra incapacidad para distinguir las palabras del timonel de entre el barullo de la alborotada tripulación. Pero, voto a bríos, qué empeño el de algunos por señalar siempre en la misma dirección.

Verbigracia, uno de los emergentes en este nuevo PP, el vicepresidente económico del gobierno regional valenciano, Gerardo Camps, coautor de la ponencia económica para el 16º congreso. En el curso de unas jornadas económicas celebradas en Alicante a finales del mes pasado, Camps se mostró partidario de recortar (más) los recursos del Estado para aumentar los de las autonomías.

Fundamenta su petición el consejero valenciano en el hecho de que las competencias del Estado se han reducido, mientras han aumentado las correspondientes a las regiones. Lo que, expresado en términos de Estado de las autonomías, sería algo así como “Cogito, ergo pillo”.

Sin embargo no hace demasiado tiempo, el PP de Mariano Rajoy proponía exactamente lo contrario. En 2006, coincidiendo con el 28º aniversario de nuestra Carta Magna, el dirigente popular hablaba de “reajuste” del Estado en relación con las transferencias autonómicas, reclamaba “corregir” los “desajustes”, proponía al respecto once reformas legislativas y señalaba:

“Parece como si, en vez de integrar a los nacionalistas en el proyecto común, hubiéramos logrado lo contrario: transmitir a los españoles su mal ejemplo. España es mucho más que la suma de 17 comunidades autónomas. El Estado no puede ser una perpetua incertidumbre que vacía sus contenidos entre la UE y las CCAA.” (Mariano Rajoy, Conferencia sobre el modelo de Estado, 2.12.06 Descargar conferencia_rajoy_modelo_de_estado.pdf)

Hoy, apenas dos años después de aquel memorable discurso, las cosas parecen ser distintas. Y desde las filas del nuevo PP que vislumbramos estos días se nos dice una cosa… y la contraria.

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Un comentario

  1. EL LIBERALISMO ESPAÑOL EN LA ENCRUCIJADA
    I) CONTEXTO
    Ser liberal es defender la libertad bajo el imperio de la ley, es decir, defender los derechos de la persona; derechos individuales, naturalmente, porque cualesquiera otros son ficticios, como los supuestos derechos colectivos de un pueblo, una clase o una comunidad religiosa. La razón es que las personas son seres reales, y los colectivos únicamente constructos mentales para definir grupos sociales.
    Precisamente la revolución liberal que inició la Modernidad consistió en convertir a los súbditos en ciudadanos, porque disolvió los estamentos, castas, feudos, comunidades y todo tipo de colectivos que ostentaban la soberanía en el Antiguo Régimen, triturándolos para proclamar la soberanía de los átomos sociales, es decir, de los individuos.
    Revolución que se inició en la Inglaterra de 1689 con la Carta de Derechos (Bill of Rights), prosiguió con la Declaración de Derechos de Virginia en el marco de la Revolución Americana de 1776, y culminó con la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 realizada por la Revolución Francesa.
    Este concepto realmente moderno del liberalismo -sólo en su día revolucionario porque trataba de derribar el Antiguo Régimen- siempre ha tenido en su seno tendencias conservadoras y progresistas, y aun centristas, porque precisamente la libertad consiste en eso, en ser libre para orientar la acción política hacia la derecha o la izquierda siempre bajo el imperio de la ley. Pero contra el amplio abanico del liberalismo siempre ha habido también confrontación tanto desde la derecha como desde la izquierda, tanto desde la controversia democrática como desde el ataque despiadado de los totalitarios.
    Han combatido el liberalismo fuerzas reaccionarias que se oponían a la Modernidad, desde los totalitarios carlistas, absolutistas, fascistas y nacionalsocialistas hasta los opositores democráticos como tradicionalistas, democristianos y nacionalistas. Y también fuerzas izquierdistas, desde los totalitarios comunistas y anarquistas hasta los opositores democráticos como socialdemócratas, confederalistas y nacionalistas. Unos totalitarios y otros no, pero siempre antiliberales. Y siempre los nacionalistas, desde la derecha o desde la izquierda, combatiendo la libertad de la persona.
    II) TEXTO
    Pues bien, en esta sociedad del espectáculo en que vivimos, nada es lo que parece, porque nadie mira a la profundidad sino que se queda en las burbujas de la superficie. Por ello resulta irrisorio el análisis que se hace habitualmente en los medios sobre la deriva del PSOE y la crisis del PP. Zapatero se dio cuenta de que para alcanzar el poder tenía que abandonar la socialdemocracia trufada de liberalismo del PSOE felipista, y se echó en manos del socialconfederalismo como manera de aliarse con los nacionalistas soberanistas para ganar el gobierno. Y Rajoy, escarmentado por dos derrotas consecutivas, y con la convicción de que la derecha en Cataluña y País Vasco no vota al PP sino a CiU y PNV, se ha lanzado también a resucitar la CEDA y organizar una especie de confederación española de derechas autónomas que sea simpática con las derechas nacionalistas para llegar a la Moncloa.
    ¿Puede un liberal defender el monolingüismo antiespañol en un tercio del territorio nacional conculcando el derecho de los ciudadanos españoles a educar a sus hijos en español? Evidentemente no. Pues varios caciques locales del PP lo han defendido ya, y Gallardón, por cadáver interpuesto de Rajoy, pretende hacer de esa ignominia un punto estratégico del nuevo PP, el partido simpático -¿quieren decir bufón?- con los nacionalistas. Fraga, franquista reciclado y antiliberal convencido, comenzó la ominosa prohibición del bilingüismo en Galicia; le siguió Matas en Baleares, y ahora Camps en Valencia. Ninguno de ellos puede presumir de liberal. De neocedista sí, porque como los caciques del siglo pasado defienden los privilegios locales para amarrar los votos con el populismo y el clientelismo. Puro antiliberalismo.
    Si se trata de defender la libertad de los ciudadanos españoles, o lo que es lo mismo, la continuidad de España como nación política de ciudadanos libres e iguales, quizá haya llegado la hora de abandonar la alianza estratégica liberal-católica defendida por la mayoría de los liberales conservadores. La alianza con el conservadurismo católico-populista pierde su sentido porque una mayoría de este segmento social ha optado por ‘el poder como sea’, es decir, mediante la alianza estratégica con los nacionalistas, resucitando el engendro antiliberal de la CEDA. La prueba: no es la COPE -de momento- la que defiende la deriva neocedista del PP, sino lo más reaccionario del lobby católico con monseñor Cañizares, el Opus Dei, Intereconomía y Época a la cabeza, con La Razón del oligarca catalanista Lara y con el grupo Vocento de la oligarquía vasquista.
    Quizá haya llegado la hora de que los liberal-conservadores unan sus fuerzas a los liberal-progresistas para defender la libertad de las personas. ¿Que dónde está la izquierda liberal? Pues en los que defienden la llamada ‘izquierda de Euston’, con Rosa Díez y Fernando Savater, una izquierda liberal, y por lo tanto alejada del antiamericanismo, del antisemitismo y de todos del ‘anti’ que en el mundo han sido. Los valientes que han sabido romper con la cúpula populista del PSOE.
    El liberalismo en España se encuentra en una encrucijada y debería reflexionar sobre la deriva antiliberal de los dos grandes partidos españoles. No siempre, pero a veces una chispa prende la mecha de la libertad, como cuando unos pocos españoles gritaron ¡viva la Pepa! en 1812, o ¡viva España con honra! en 1868.
    Salud, ciudadanos
    La Cataluña ilustrada http://trueno3.blogspot.com

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