Del ruido de sables al ruido de sotanas: memoria hist órica y laicismo

Arrastrando tópicos e ideas preconcebidas, en los últimos años desde los medios de comunicación se está lanzando constantemente la idea de que todo lo que concierne a la Iglesia pone en riesgo la convivencia, el progreso, la prosperidad e incluso, como se decía en la transición respecto del Ejército, la seguridad.

La izquierda política y la mediática están utilizando análisis muy similares a los que, durante la transición, se aplicaban a la entonces denominada “cuestión militar”. No se habla ya de ruido de sables, como a medidos de los años 70, pero se diría que funciona entre la progresía política y mediática el reclamo del ruido de sotanas.

Como sucedía con los militares en el principio de la transición, para abordar cualquier asunto relacionado con la Iglesia o con la religión mayoritaria recogida en la Constitución se utiliza en primer lugar el recelo: cualquier cosa que suene a católico resulta sospechosa. Un recelo basado no en hechos que lo justifiquen, sino en apriorismos y prejuicios. Y en segundo lugar se recurre al juicio de intenciones: si es católico no puede ser bueno y terminará por hacer algo que perjudicará nuestra vida colectiva.

Por esta vía, asistimos cada vez con más frecuencia a la difusión de campañas de agresión contra los sentimientos religiosos y las creencias de muchos.

En las televisiones de PRISA es habitual la aparición de analistas que hablan de “bunker” refiriéndose a la Iglesia en España, o de “nacionalcatolicismo”. En La Sexta el analista suele ser sustituido por un humorista. Y en los periódicos del grupo antes aludido, o en los del Grupo Zeta, es frecuente leer titulares referidos a declaraciones de miembros de la jerarquía eclesiástica en los que aparecen términos como “fundamentalismo religioso” y similares.

En el IX Congreso Católicos y Vida Pública celebrado recientemente, George Weigel señaló:

La libertad religiosa es el primero de los derechos humanos ya que es el reconocimiento de que cada persona dispone de su propio espacio interior que no puede ser invadido por el Estado.

Lo curioso de este tipo de comportamientos sectarios y fascistizantes es que no solo sirven para mantener campañas de agresión y desprestigio que luego justificarán políticas de dudosa legitimidad, sino que además ocultan la realidad. Sigamos con el paralelismo entre el comportamiento de la izquierda en la transición y en nuestros días.

Durante la transición los socialistas hablaban constantemente del bunker, del ruido de sables y del riesgo de involución. Pero al mismo tiempo y de manera no excesivamente discreta, entraron en contacto con algunos círculos golpistas próximos al 23-F. Uno de sus protagonistas principales, el general Alfonso Armada, que se encontraba destacado en Lérida, señaló en sus memorias:

El 22 de octubre de 1980 Antoni Ciurana, alcalde de Lérida, vino a buscarme en su coche y, conduciendo él, me llevó a su casa. Era la primera vez que estaba en ella. Habíamos comido juntos varias veces, pero en restaurantes. El alcalde me presentó a Enrique Múgica [actual Defensor del Pueblo] y a Joan Reventós [entonces primer secretario del PSC-PSOE]. La conversación fue distendida. Hablamos de la economía catalana, del problema de la UMD.

Se habló también de política en general. De la situación en aquellos momentos y de los problemas pendientes: economía, terrorismo, autonomías, etc. Creo que escuché más que hablé, pues eran temas que ellos vivían políticamente más que yo. Acerca de las conversaciones sobre aquella comida que tanto ha dado que hablar, tengo que decir que no hubo ningún tema reservado, ni comprometido. No presentaron ninguna idea concreta sobre política española. Me parece que me preguntaron si creía que el Ejército estaba tranquilo y les aseguré que en Cataluña lo estaba.

Siguiendo las ordenanzas, el general Armada informó de aquella comida a su superior, el capitán general de Cataluña. El historiador Javier Fernández López obtuvo su testimonio (23-F, diecisiete horas y media, Taurus):

Para Armada la comida consistió en un intercambio de opiniones sobre la situación política y acerca de la hipótesis de la formación de un gobierno de gestión presidido por una personalidad independiente, incluso por un militar, en cuyo caso ellos le ofrecieron a él la presidencia del mismo, su apoyo a esa posible candidatura.

Al mes escaso del golpe del 23 F, Enrique Múgica ofreció su versión:

Armada nos propuso un gobierno fuerte compuesto por UCD y por el PSOE y dirigido por un independiente que tuviera la confianza de los militares.

Años después Leopoldo Calvo-Sotelo reveló el contenido de una conversación que mantuvo con Enrique Múgica en la que le preguntó acerca de su encuentro con Armada. El dirigente socialista le contó que el general había expuesto su teoría acerca del gobierno de salvación:

El mismo preguntó sobre quién podría ser el presidente de ese gobierno de concentración y Reventós le contestó:

– ¿Quién va a presidirlo? Pues tú.

Poco después de la entrevista de Lérida hubo otra, que desveló el periódico El País en 1991. Enrique Múgica se reunió con Jordi Pujol y Miquel Roca y les planteó la necesidad de resolver la crisis política a base de un gobierno de concentración presidido por el general Armada.

Volvamos a la actualidad para encontrarnos nuevamente con esta práctica política que consiste en hacer una cosa y la contraria. Hace un par de días Valentí Puig recordaba en un artículo que el presidente Rodríguez Zapatero hablaba hace unos pocos años de la necesidad de reconocer los valores positivos del hecho religioso:

En 2001, Zapatero prologa el libro «Tender puentes. PSOE y mundo cristiano», reconociendo la aceptación por el Partido Socialista de la creencia religiosa «y en particular del cristianismo como un hecho positivo para un proyecto de izquierda». Reconocía una tarea pendiente: «Sustituir la negación del valor de lo religioso y una actitud de indiferencia, por un reconocimiento y valoración positiva del mismo». (Valentí Puig, Más inmersión laicista con ZP)

La libertad religiosa es, como dice Weigel, el primero de los derechos humanos. Pero cuando se desarrollan políticas tan anacrónicas como las del actual gobierno socialista español, no se pretende únicamente limitar tan esencial derecho ciudadano. Se intenta también borrar el pasado. Porque solo haciéndose con el pasado se puede controlar a la población sin tener que recurrir a los tanques. Ese es el verdadero sentido de la cacareada memoria histórica: se trata de la única vía posible para mantener la apariencia de una sociedad democrática y al mismo tiempo poder usurpar los derechos de los ciudadanos, volviéndolos a la condición de súbditos.

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