¿Acaso son psicólogos lo que necesitamos?

Cuando llega el dolor, cuando tenemos que hacer frente a la
tragedia, esta sociedad cada día más extraña e incómoda saca a pasear a
pelotones de psicólogos, no sé muy bien si para aplicar cataplasmas a
modo de chapuzas sobre una obra tan mal terminada como es nuestra
civilización, o para tranquilizar su conciencia colectiva, a la que
tanto molesta que la distraigan con asuntos que nos recuerdan que el
sentido de la vida no se agota en una playa abarrotada, en un macro
centro comercial o ante la cada día más grande pantalla de plasma.

Pretenciosos, pedantes, ahítos de fatuo orgullo, nos creemos que
somos el centro del universo, que todo lo podemos, que vivimos en el
mejor de los mundos, que protagonizamos el verdadero progreso por
primera vez en la Historia. Y cuanto más convencidos estamos de todo
ello, más patente resulta que vivimos en una sociedad mal terminada,
insuficiente, que cubre algunas necesidades pero asfixia precisamente
nuestro componente más humano, aquello que más nos caracteriza como
seres racionales, reflexivos y provistos de un sentido que escapa a los
extrechos moldes del anacrónico racionalismo en el que nos revolcamos
desde hace más de doscientos años.

Las grietas de nuestra vida colectiva, de los supuestos logros que
hemos alcanzado, se hacen más patentes cuando nos vemos obligados a
enfrentarnos al dolor. Entonces nuestra sociedad demuestra su escasa
talla moral y recurre al hechicero, al que hoy exigimos acreditación
académica porque nos gustan las realidades de diseño que nos permiten
seguir fingiendo un mundo feliz.

Y el hechicero lleva a cabo su labor con la precisión del mecánico o
el fresador, porque su trabajo ante el misterio más profundo del ser
humano no consiste más que en eso, en la aplicación de meras técnicas
instrumentales que jamás lograrán ni tan siquiera rozar el sentido del
dolor y de la muerte. Remedos, chapuzas de una obra mal terminada.

"¡Que vengan los psicólogos y tranquilicen a los familiares!"
Y así, con palabras que nos permiten fingir que hacemos algo positivo,
reconocemos el fracaso de una civilización que alardea de laicismo.
Venga, a otra cosa. ¿Qué pasa con Pekín?

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