El pulgar de César

Los planes abortistas que impone el pensamiento único en nuestro país entroncan con un proyecto internacional de largo alcance, que entre otras instancias utiliza a las Naciones Unidas, la OMS o la UE, para imponer la práctica del genocidio en todo el mundo, arrinconando a los que piensan que nadie es dueño de la vida de nadie.


Es esta la auténtica alianza de civilizaciones, y en esa línea se inscriben las últimas propuestas gubernamentales en España en favor del exterminio de seres humanos regulado por el Estado.

Como nadie quiere pasar por un nuevo doctor Mengele, la estrategia del exterminio se disfraza. Hoy se trata de presentar como “nuevos derechos” lo que no son más que formas salvajes de brutalidad y degradación. Claro que en la ONU no lo llaman así sino “derechos reproductivos”, jerga tras la que se oculta el frente abortista, habituado a recurrir a la fraseología sanitaria para aparentar perseguir objetivos como la reducción de los índices de mortalidad, etc.

A pesar de su simulación terminológica, la bandera de los nuevos derechos de "salud reproductiva" ha congregado desde el principio a los más recalcitrantes partidarios del exterminio de seres humanos que se encuentran tras los proyectos auspiciados por ONU, UE y demás:

Octubre 2003. El Dr. Carlos Morín invita a 230 personalidades del sector dedicados a la práctica de abortos al “Primer Simposio Internacional Multicultural de Salud Reproductiva”, celebrado en el hotel Meliá de Barcelona. En el programa publicado en http://www.fundacionmorin.org se ofrecía hacer 50 abortos en directo, y se vendía la posibilidad de realizar “una intervención hands dónde –es decir, participar físicamente en una “intervención voluntaria del embarazo”- con los mejores médicos en Salud Reproductiva”. Los abortos se practicaron el viernes 17 de octubre entre las cinco y las siete de la tarde, según explica el programa de la página web, a 30 pacientes embarazadas de 0 a 3 meses; 15 pacientes de 3 a 6 meses y 5 mujeres más que se encontraban más o menos cerca de cumplir el sexto mes de gestación. (Denuncia judicial de E-cristians.)

Las conferencias mundiales sobre población y sobre mujer auspiciadas por Naciones Unidas de la mano de algunos de los países más poderosos del mundo han servido para vestir de buenismo sanitario la brutalidad de las “políticas” familiares que se imponen en todo el mundo. Qué tienen que ver los “derechos reproductivos”, esto es, el aborto intensivo como única política familiar internacional, con la declaración de los derechos humanos, que se supone rige el organismo aludido, es asunto que al parecer no toca.

Lo que sí toca es que cuando una nación quiere ser próspera y moderna, y quiere recibir ayudas de los poderosos del mundo y beneplácitos del progresismo internacional, debe plegarse a la estricta aplicación de un plan universal de exterminio bajo diversas modalidades, porque la del aborto no es la única. En el muestrario carnicero de la cultura contemporánea llevamos también la eutanasia, la esterilización de las mujeres del tercer mundo, el suicidio asistido, etc. Incluso las dudas sobre el derecho a la vida de los discapacitados.

Nuestra civilización se ha levantado sobre la base del reconocimiento de la dignidad del ser humano. Pero ahora toca cambiar. Cualquier observador imparcial de nuestra evolución colectiva (habríamos de remontarnos a nuestros abuelos para hallar alguno) se asombraría ante semejante decisión. ¿Acaso hemos hallado una fundamentación mejor que la dignidad para acercarnos a nuestra propia existencia?

La respuesta devolvería a la tumba a nuestro curioso visitante del pasado: queremos cambiar porque llevamos mucho tiempo con lo mismo; porque lo nuevo se ha convertido en un valor en sí, con independencia de su fundamento; porque el deterioro turba nuestro propósito de ser eternamente jóvenes; porque hemos trastocado el sentido de la palabra libertad; porque pensar es aburrido y leer, una pérdida de tiempo; porque el cambio “mola” y es “guay”.

Eso de la dignidad humana ya no nos parece interesante. Ahora, en nombre de lo que hoy tomamos por libertad y en nombre de los “nuevos derechos”, preferimos decidir quién es merecedor de la vida y quién se queda en el camino. Quién tiene la dignidad necesaria para seguir viviendo y quién ha de ser eliminado. Hemos democratizado la Historia: ¡por fin el pulgar del César en el circo somos todos!

O al menos eso queremos creer.

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