La basura autonómica

La estupidez colectiva (y la institucional) es, a fecha de hoy, la consecuencia más destacada del Estado de las autonomías.

“Si el texto fuera modificado sustancialmente sin que los intereses de Castilla-La Mancha se vean reconocidos, antes de permitir que se apruebe un Estatuto devaluado, pediré a las Cortes de Castilla-La Mancha que lo retiren. Y seguiremos luchando”.

Son palabras del presidente regional José María Barreda en el Congreso al presentar el texto del nuevo estatuto de Castilla La Mancha. Pero me temo que podría haberlas pronunciado cualquier otro encargado de taifa.

Estos días circula por las cadenas de televisión un anuncio de la Junta de Extremadura en el que, para promocionar las virtudes locales, se habla en diversas ocasiones de la “identidad” extremeña.

En Ibiza, la asociación Vuit d’Agost, debidamente engrasada con dineros públicos, se ha propuesto promocionar la lengua y la cultura “propia de Ibiza”.

La estupidez colectiva es, a fecha de hoy, la consecuencia más destacada del Estado de las autonomías, invento absurdo, ineficaz, caro e inútil que en la transición se sacaron de la manga los de la mala conciencia durante 40 años, es decir, la derecha, y los de la revolución pendiente durante 40 años, es decir, la izquierda. Hoy podemos empezar a calibrar el alcance de semejante ocurrencia.

Hasta la fecha las autonomías no han producido más que un vertiginoso incremento de los enfrentamientos interterritoriales; han despertado los peores instintos en el seno de una sociedad que antaño tenía a gala la hospitalidad y la buena vecindad; han multiplicado el gasto convirtiendo a España en el estado más caro de la UE; han propiciado la aparición de castas regionales de hábitos y comportamientos caciquiles; han promovido el triunfo de la mediocridad, que campa a sus anchas en los más altos órganos de la administración regional, incluida la administración del dinero y de algunas entidades financieras; han favorecido la multiplicación de medios de comunicación cuya única finalidad es el culto al lidercito local; han multiplicado la corrupción; han corrompido la escala de valores cívica anteponiendo los más miserables particularismos al interés general; y han adocenado a la ciudadanía por medio de sistemas educativos propios de simios en proceso de aprendizaje con vistas a trabajar en el circo más cercano.

También han acabado con los escasos rasgos comunes que nos quedaban, incluidos los partidos políticos de ámbito nacional. Tras las palabras arriba mencionadas de uno de los representantes de ese mediocre y nefasto sistema político, el presidente regional de Castilla La Mancha, se sucedieron los enfrentamientos, por un lado, entre Barreda y los socialistas valencianos y murcianos y por otro, entre Cospedal y los “enviados a Madrid” de Camps y Valcárcel.

Mientras esto sucedía en el Congreso de los Diputados, la televisión extremeña emitía una larguísima entrevista “en profundidad” con Juan Carlos Rodríguez Ibarra y la televisión aragonesa destacaba uno de sus equipos a Polonia para entrevistar a una familia “en el exilio”, él maño, ella polaca.

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