Malos tiempos para la derecha

Hace apenas un mes, en septiembre pasado, la prensa internacional certificaba la defunción de la izquierda.

Hace un mes, incluso el señor Rodríguez le veía las orejas al lobo, mientras los genoveses se frotaban las manos y repetían machacones que no había más asunto sobre el horizonte nacional que la economía, convencidos de que los menguantes bolsillos ciudadanos conducen a Moncloa:

Incluso en España, José Luis Rodríguez Zapatero observa cada vez más asediado cómo el milagro económico español quiebra a su alrededor (…) La actual recesión económica tiende a favorecer a los conservadores, a quienes los votantes ven como más prudentes en las cuestiones que afectan a la economía. (Who killed New Labour?)

Hoy el panorama ha cambiado. O mejor dicho, parece haber cambiado. La izquierda se proclama victoriosa frente a una crisis que todo el mundo sitúa procedente de un lugar lejano, mientras la derecha parece estar en todas partes a la defensiva. ¿Qué ha sucedido?

Entre el final del verano y el principio del otoño, los republicanos de Estados Unidos han protagonizado una campaña presidencial lamentable, en la que han dado sobradas muestras de su voluntad perdedora. Mientras tanto en Europa, con el aplauso de los restos de la socialdemocracia continental, la derecha ha proclamado la “refundación del capitalismo”. Y en España, el PP huye de su labor de oposición y renuncia a tener ideas propias, limitándose a clonar las de la izquierda… que ahora resultan estar amparadas por Bush.

Algunos encuentran excusa para todo eso. Lo llaman “la crisis”, una suerte de cataplasma global, una coartada que sirve tanto a gobiernos socialistas como a conservadores para quitarse responsabilidades de encima.

Analistas y observadores con amplia capacidad de influencia sobre la opinión pública europea oficializaron la defunción de la izquierda… hasta que empezó el mes de octubre. Con la llegada del otoño y de la crisis bursátil, en Estados Unidos la bestia parda de la izquierda, el presidente Bush, resucitó al más que hundido laborista Gordon Brown mientras en Francia, Sarkozy proponía refundar el capitalismo sobre bases que cada vez se asemejan más a las de la extinta socialdemocracia.

Desde el socialismo mediterráneo, siempre más indolente a la par que osado, Mario Soares, uno de los pocos dirigentes socialistas europeos que ha seguido creyendo también en privado en la viabilidad de su tinglado durante todos estos años, se apresuraba a anunciar el retorno de la momia:

De repente, por todas partes, empiezan a oírse gritos de que ha llegado la hora de la izquierda (…) El retorno a modelos sociales y medioambientales parece estar imponiéndose. Es aquí donde vuelve a surgir la propuesta del socialismo democrático o la socialdemocracia, siempre que esté regulado por principios éticos y respete la economía de mercado. (Mario Soares, El fin del 'capitalismo de casino'.)

A la vista de la interpretación mediática y política de los acontecimientos de las últimas semanas, se diría que la derecha naufraga en Europa y Estados Unidos. En cuanto a España, Gabilondo tiene los ojillos cada vez más brillantes y no deja de anunciar que no vivimos una crisis sino el fin de un modelo. La osadía “intelectual” de los viejos santones del progresismo llega a extremos hilarantes: el comunismo cayó con el muro de Berlín y ahora le toca al capitalismo, ha llegado a proclamar el anchorman de Cuatro.

Pero las apariencias engañan. No en vano los medios siguen constituyendo un cuasi monopolio ideológico en Europa y Estados Unidos. La situación es exactamente la contraria de la que nos están contando: lo que ha muerto es la socialdemocracia. Asunto distinto es que no se encuentren voluntarios que la entierren. Su defunción llegó en cumplimiento de la sentencia dictada a la vista de su manifiesta inutilidad y de su nula razón de ser. En la actualidad tan solo siete de los veintisiete países de la UE tienen gobiernos socialdemócratas. Y en muchos de ellos los sondeos demoscópicos vaticinan su derrota electoral. La socialdemocracia ha desaparecido, aunque algunos de sus allegados no se hayan enterado, y lo que nos viene ahora es la última pirueta de una ideología caduca: el giro de la izquierda a la izquierda, del que el señor Rodríguez es avanzadilla continental.

La izquierda del futuro no es la pragmática de Felipe González, que terminó paseando en el Azor, ni el estrambótico sincretismo oportunista de Tony Blair, sino la de Jaume Roures, una izquierda que roza la genitalidad ideológica, una forma de ver la convivencia basada en la visceralidad sectaria, pendenciera, revanchista y sin complejos a la hora de inventar lo que haga falta con tal de salirse con la suya. En definitiva, la izquierda más estalinista desde la muerte de don José.

Mediapro decide el 17 de octubre de 2008 que la imagen de mayor actualidad para ilustrar la portada de su digamos periódico es el general Franco en Burgos en el año 37 y, a cuenta de la crisis, proclama que se ha cometido un “crimen (financiero) contra la humanidad”. Esa es la izquierda actual. O lo que queda de ella.

La izquierda judicial (¿o se trata solo de oportunistas sin más ideología que su propio interés?) se tapa la nariz ante presuntos responsables de genocidios cometidos hace 70 años que, por seguir con vida, podrían ser investigados y juzgados. En lugar de ello compone el gesto del justiciero de la Historia, versión plástica  de esa "ética" de izquierdas que empezó en el gulag del recientemente fallecido Solzhenitsyn y termina en el moribundo Castro, pasando por Pol Pot. Ese es el sentido progresista de la justicia en nuestros días.

Y la izquierda política, hasta hace poco tiempo relativamente sensata, decide echar la casa por la ventana para celebrar que sigue cuatro años más en el poder y destina el dinero de los menguados presupuestos en crisis a aumentar las partidas para asesinar futuros ciudadanos con más eficacia y a mayor velocidad a través del aborto y otros procedimientos practicados en instituciones sanitarias públicas y en subvencionados centros de investigación.

O persigue e intenta erradicar del mapa político al enemigo (antaño adversario), rememorando viejos tiempos por medio de planes de estudios adoctrinadores a imitación de la FEN franquista.

O abastece de fondos cualquier cosa que suene a religión (o así) con tal de que no tenga nada que ver con la fe mayoritaria de los españoles, que es declarada en rebeldía.

O impone visiones del mundo excluyentes en ámbitos tan privados como las relaciones personales, tergiversadas por medio de artilugios varios: la ideología de género, los derechos reproductivos, los matrimonios homosexuales, la paridad por decreto, la supuesta igualdad de civilizaciones incompatibles, etcétera.

O pervierte las relaciones de vecindad y enfrenta a unos ciudadanos contra otros, exacerbando las diferencias entre territorios, privilegiando a unos y castigando a otros.

La ideología que conocemos como izquierda quedó enterrada bajo los cascotes del muro, pero no sucedió lo mismo con sus redes clientelares, que a lo largo de décadas fueron tejiéndose con la firme voluntad de sobrevivir a las coyunturas adversas. El truco consistía en mantenerlas en terrenos aparentemente alejados de la política convencional. El mundo de lo que pomposamente llaman “la cultura” o “los intelectuales”, las universidades y el sistema educativo, los medios de comunicación, la industria del entretenimiento, constituyen un monopolio global que ha logrado sobrevivir a la desaparición de la izquierda política. Pero en el pecado lleva la penitencia: solo puede mantenerse en pie a base de exagerar cada vez más el gesto. Y su propia exageración termina provocando rechazo intelectual y aun estético y una profunda repulsa ética.

En este sentido no es casual la dependencia que el señor Rodríguez manifiesta con respecto al mundo del cine, de los “artistas”, periodistas, profesores de universidad, etc. Ellos son la imagen de la única izquierda que queda, la izquierda-mueca de sí misma, el esperpento falseado, un grupo excluyente de privilegiados que viven de las prebendas del poder mientras predican unas virtudes cívicas y aun éticas y morales que no podrían estar más alejadas de su forma de vida.

La izquierda que todavía mantiene el poder político, como en nuestro caso, solo tiene un camino. Perdidas las referencias ideológicas, no le queda más que la radicalidad. Una radicalidad que, sin base teórica, se convierte en caricatura. Una radicalidad destinada a tapar la falta de ideas y principios.

Por ejemplo, en nombre del progresismo, las operaciones de cambio de sexo se pagan con dinero público, pero no hay dinero para las personas dependientes o para los ciudadanos en situación de extrema necesidad.

Por ejemplo, en nombre de la democracia, el respeto a las minorías termina propiciando que 600.000 votos de una región determinen los presupuestos generales del Estado en toda la nación (ERC en la anterior legislatura).

Por ejemplo, en nombre del desarrollo equilibrado, los gastos que proponen las políticas de cambio climático producen una merma sustancial en la ayuda a los países del tercer mundo.

En nombre de la igualdad, la izquierda, devenida tan solo mueca, ha destruido la igualdad y posiblemente la idea misma de progreso y de convivencia.

Pero si la izquierda ha sido derrotada, si sus planteamientos teóricos han caído víctimas de su propia inoperatividad, si no queda de ella, en el mejor de los casos, más que una sombra deformada de lo que fue, ¿por qué parece que es la derecha quien está en crisis?

Después de semejante parrafada dudo que quede alguien leyendo y me temo que alargar más todavía el texto rozaría la impertinencia “bloguera”. Permítaseme apuntar tan solo una posible respuesta que prometo telegráfica, para volver sobre ella tal vez en otra ocasión.

Tras la caída de la izquierda política, ¿seguiría coleando la izquierda clientelar si frente a ella se hubiera construido y defendido un sistema de valores alternativo?

Los malos tiempos para la derecha no tienen el carácter que apunta la izquierda clientelar estos días, triunfal en su apología del intervencionismo y en la entronización de un estado todopoderoso. La verdadera crisis de la derecha procede de su voluntaria disolución. La derecha política se ha convertido alegremente en mero repuesto administrativo, se ha reducido a sí misma a la categoría de recambio ocasional, renunciando a constituirse en alternativa en todos los órdenes. De ahí los malos, pésimos tiempos que algunos auguramos a la derecha.

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