¡Que los ricos paguen la crisis!

¿Para qué ha servido el estado de las autonomías? Entre otras cosas, para asistir a campañas como la que se prepara estos días en Galicia. Según sus promotores, el origen de la crisis económica que padecen las “naciones” sometidas por España está en la situación colonial que padecen. No habría crisis en Galicia, Cataluña, el País Vasco, etc., si esos “países” no estuvieran subordinados a la estructura estatal imperialista que impone España.

“Sin soberanía nacional nunca superaremos la crisis”. La sandez, repetida hasta la saciedad por todos los grupos nacionalistas que existen en España, alcanza categoría de esperpento cuando, tras rebuscar en el basurero de la Historia algo parecido a una ideología, el nacionalismo decide caminar de la mano del socialismo.

Uno de los grupúsculos etnicistas que han creído descubrir la quinta esencia del progresismo al mezclar identidad y socialismo, empieza esta semana una campaña con el lema que encabeza este texto. En gallego, por supuesto: Que os ricos paguem a crise!

La campaña, definida por sus promotores como “nacional” (lo que en labios de los nacionalistas significa de ámbito regional), consistirá en ensuciar las paredes de los pueblos y ciudades de Galicia con el cartel arriba expuesto. Y tal vez en más cosas,  a juzgar por lo que lleva en la mano el joven del cartel. Aunque eso tampoco supone ninguna novedad tratándose de nacionalistas.

Con tan poderoso argumento, estos independentistas gallegos, los mismos que trataron de apalear a María San Gil y que lo consiguieron con los miembros de Galicia Bilingüe, pretenden convencernos de cosas como estas:

El capitalismo está en declive. Cada vez es mayor el número de pueblos del mundo que lo cuestionan y experimentan modelos alternativos. El pueblo trabajador gallego no podrá superar esta adversa situación si no dejamos atrás la dependencia nacional de España, que nos empobrece e imposibilita nuestro pleno desarrollo, si no apostamos por la soberanía nacional, por un gobierno gallego. Sin soberanía nunca podremos ultrapasar la explotación económica. (Que os ricos paguem a crise!)

La campaña de estos calenturientos representantes de nadie no pasaría de la anécdota si no fuera porque responde a un estado de opinión que ha ido calando en nuestra sociedad y que encuentra respuesta en amplios sectores.

Muchas personas han mordido el anzuelo de la maldad intrínseca de “Madrid”. Y su contrario, la bondad de toda aquella forma de poder que esté cerca. El concepto de descentralización se percibe en la sociedad española actual como positivo. Y frente a la idea de aproximar la administración al ciudadano, todos componemos un gesto de aprobación. Sin darnos cuenta de que la realidad no tiene nada que ver con lo que se dice de ella.

La descentralización ha supuesto en España la fabricación artificial por parte de la clase política de 17 oligarquías nuevas. La primera función de cada una de ellas es disputarle el poder a todas las demás. Nadie en 1977 quería que el resultado de la Constitución fuera el que está siendo. Pero nadie hace nada para cambiarlo.

La aproximación de la administración al ciudadano, la cercanía del administrador al administrado, el fin del supuesto alejamiento de “Madrid”, ha tenido como resultado no tanto mejorar el funcionamiento de la burocracia, que se ha multiplicado, como extender la corrupción hasta los ámbitos más insospechados.

Mientras reproducen 17 veces, y no a pequeña escala precisamente, todas las instituciones propias de un estado (radiotelevisiones “nacionales” con innumerables canales, servicios meteorológicos “nacionales”, INEM, agencias tributarias, servicios consulares, institutos Cervantes, centros de investigaciones sociológicas, cuerpos de policía, etc., etc.), las nuevas administraciones huelen a corrupción y el nepotismo y el uso indebido de los fondos públicos se convierten en práctica habitual. No hace falta incluir enlaces a los acontecimientos automovilístico-decorativos de las últimas semanas para que todos sepamos de qué estamos hablando.

La realidad demuestra en nuestro país lo contrario de aquello que se nos dice de ella. Hasta la fecha, la descentralización y la creación de administraciones autonómicas ha servido en primer lugar para multiplicar la ineficiencia del Estado, y luego para quintuplicar su coste. Es posible que un estado autonómico concebido con otros criterios hubiera conocido un destino más honorable, pero el nuestro se empapó por el camino de etnicismo y eso lo está llevando, nos está llevando, por veredas poco adecuadas.

La estupidez del “que los ricos paguen la crisis”, o del “sin soberanía nunca superaremos la crisis”, encuentra su perfecto caldo de cultivo en una sociedad que superó hace tiempo el estadio de los síntomas y se encuentra ya en condiciones de pasar al quirófano, necesitada de una intervención a fondo.

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