Hay d ías en que somos un país de mierda

La vida colectiva de nuestro país parece reducirse hoy a dos imágenes, a cual más engañosa: la de los ciervos abatidos y la de Rajoy tratando de quitarse el polvo de la obra.

Mientras los líderes de las formaciones políticas y sus palmeros, los periodistas oficiales, los que crean opinión teledirigidos desde las sedes de los partidos, debaten acerca de si es más grave una cacería de mangantes o un constructor chorizo, olvidamos otra fotografía. La fotografía de la vida real. Una fotografía que habla de muerte.

El Estrecho y las aguas canarias se están convirtiendo en una fosa común que dice bien poco de nuestro grado de civilización.

Los opulentos europeos, convencidos de que pertenecemos a una cultura superior, de que el nuestro es el continente de la civilización y la cultura, tenemos la vista puesta en el ombligo de la crisis. Este año las vacaciones serán más cortas, nos quejamos. No podremos cambiar el coche. Y necesitamos otro televisor de plasma.

Vivimos en una situación de histeria colectiva. Todavía no hemos descubierto que la economía es un estado de ánimo y no una ciencia (la economía es a la ciencia lo que la música militar, etc., etc.).

Nos hemos instalado en la crisis. Por eso esta mañana nuestro mundo se debate entre la fotografía cazadora y la fotografía ladrillera. De pura magnificencia, el nuestro ha acabado convertido en un mundo pequeño y ruin. Por el camino de la opulencia, hemos terminado convirtiéndonos en miserables.

Por ello no somos conscientes de que nuestra pesadilla es el sueño de quienes cada día se juegan la vida a bordo de una patera.

Tampoco sabemos entender el sentido de su gesto, el significado de su muerte. Una prosperidad vacía de contenido nos ha borrado la memoria. Nuestra verdadera memoria histórica. Aquella que nos hablaba antaño de sacrificio y esfuerzo, de superación y ayuda a los demás.

La generación de nuestros padres y de nuestros abuelos entendía ese lenguaje. Lo llevaba en la sangre. Hablaban el mismo idioma que esos héroes que llegan en patera cada día. Por eso fueron capaces de levantar el país después de una guerra que todos perdieron.

Nosotros no. Hemos olvidado de dónde venimos y cómo logramos llegar hasta aquí. De ahí que no nos enteremos de lo que nos están diciendo los 21 muertos de ayer en Teguise. No oímos lo que tratan de explicarnos los 16 críos que se ahogaron a escasos metros de la playa.

Ya no hablamos el lenguaje de los héroes.

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