Danos la vida que llevas dentro y nosotros te la cambiaremos por tus sueños

Las ideas y sus consecuencias son siempre producto de los tiempos, y
el tiempo de las basuras ideológicas del XIX y del XX ha
pasado. Desaparecen por fin las grandes ideologías genocidas del siglo
XX, el fascismo, el marxismo. Pero su sustituto no es mucho mejor.

Con el nuevo mileno llega la tercera ola, pero no es exactamente como
la describió Toffler sino Aldous Huxley. Las viejas ideas están siendo
sustituidas por una pseudo ideología disfrazada de ciencia y de falso
igualitarismo, un engendro nacido del cruce del avance científico,
especialmente en investigación genética, y de la aplicación más depurada
del capitalismo.

Al fin de las pestilentes ideologías del siglo XX le ha sucedido lo
que algunos llamamos cultura de la muerte. Su fórmula no es demasiado
original, la literatura de anticipación la ha descrito varias veces con
más o menos acierto.

Dos rasgos distinguen la nueva sociedad: la renuncia más o menos
consciente a la libertad y el control absoluto de un estado convertido
en una suerte de sociedad anónima regida por los criterios más depurados
de un capitalismo sin alternativas.

Todo empieza con la libertad, como ha sucedido siempre a lo largo de
la Historia. Hoy se trata de mantener una apariencia de democracia en la
que la voluntad de cada uno de los individuos termina estando tan
condicionada por el sistema que este se puede permitir el lujo de dejar
plena libertad a los ciudadanos: muy pocos serán capaces de ejercerla.
De hecho, ni tan siquiera serán conscientes de ella.

La consecuencia de ello es la entronización del estado como elemento
vertebrador de la sociedad. También en las sociedades que presumen de
haberlo reducido a la mínima expresión. En unas y otras el estado ya no
es el viejo magma burocrático y entrometido, sino su esencia, la
expresión depurada del poder. Un poder que ni siquiera tiene ya
necesidad de manifestarse a través de los mecanismos tradicionales del
estado decimonónico, las leyes, las armas.

Las formas autoritarias desaparecen del estado en los países
desarrollados. Ya no es de buen tono gobernar de manera abrupta. Hasta
Churchill tendría que aprender modales (lo que hoy el pensamiento
políticamente correcto ha impuesto como "modales") si volviera a
aparecer por alguno de nuestros parlamentos. El estado se vuelve
aparentemente pasivo, quieto, pequeño, no agresivo. Bueno.

Pero nunca ha tenido tanto poder. No queda ya una sola opinión
pública en ningún país europeo dispuesta a pensar por su cuenta, al
margen del discurso políticamente correcto de sus élites.

Nunca a lo largo de la Historia el ciudadano había gozado
aparentemente de un mayor grado de libertad. Y sin embargo nunca las
sociedades occidentales habían sido más dóciles.

Todas las encuestas de todos los países democráticos occidentales
señalan insistentes el profundo descontento de sus poblaciones. Su
desconfianza, su decepción. Su hartazgo. Pero a nadie se le ocurre que
las cosas podrían cambiar. La resignación colectiva (y el escapismo
individual) es la consecuencia del inmenso poder de un estado zanahoria
que ya no tiene que recurrir al palo. Le bastan los medios de
comunicación y el sistema educativo. Y tan solo tiene que ejercer el
ilimitado poder que le proporciona el “feliz” mestizaje entre el poder
político y el sistema económico.

Ambos han terminado encontrándose y confundiéndose en un estado que
goza, por un lado, de un control casi absoluto de su población, y por
otro, de un sistema económico que carece de alternativas y tiene como
único fin que todo lo justifica la rentabilidad.

Pero eso no mueve a nadie, no seduce, no puede generar entusiasmo.
Nadie marcha tras una bandera tan poco atractiva. Hay que construir una
ideología con la que enfrentarse a quien sea, una nueva bandera con la
que emocionarse, hay que ofrecer lemas que se puedan gritar. Y todo
ello, sin poner en riesgo el sistema.

Del cruce del estado omnímodo en su capacidad de control social y del
descarnado principio de la rentabilidad solo podía nacer el más
absoluto relativismo como formulación ideológica (o mejor, “ideológica”)
y lo que en la España zapatera conocemos como buenismo: grande
retórica, todo derechos, nunca deberes, ningún esfuerzo, las máximas
facilidades para el consumo.

Y así nace la bandera de este sistema: toma cuanto quieras, es tu
derecho y además todo es posible y legítimo y todo está en venta.
También la vida.

Ahórrale sufrimientos a ese anciano en nombre del sufrimiento que te
ocasiona a ti verle sufrir. Y el estado te evitará tener que pasar por
ello.

En este momento no puedes dedicarte a ese niño que llevas dentro y
eso le producirá sufrimientos que le puedes evitar. Y el estado te
proporcionará más adelante, cuando te convenga, todas las posibilidades
para que puedas elegir. Elegir el momento en que quieras ejercer tu
derecho a tener un hijo. Elegir sus características. Hasta ahora solo
podías decidir el nombre. A partir de ahora podrás elegirlo todo. Danos
la vida que llevas dentro y nosotros te devolveremos tus sueños.

También podrás curar tus enfermedades y las de los tuyos. Antaño los
científicos tenían que andar robando cadáveres para dar con los remedios
adecuados. Ahora, gracias a ti, les proporcionamos seres vivos.

Lo importante es ver cumplidos los derechos de cada individuo y no
hay límites en ese catálogo. ¿No te gusta lo que eres y quieres
cambiar? Solo tienes que decirlo. Ni siquiera tienes que seguir
existiendo como hombre, o como mujer, en el caso de que no lo desees. Y
si tienes dudas, pondremos a tu disposición una legión de psicólogos y
psiquiatras que te demostrarán lo que tú quieras.

En otros tiempos sí había límites. La naturaleza imponía su ley.
Constreñía nuestros derechos. Ahora hemos aprendido a dominarla incluso
en su último baluarte: la vida.

Podemos crearla sin que tengas que soportar los enojosos trámites
previos. ¿Sexo? ¡El que quieras! Pero no para procrear. De eso se
encargan las técnicas más avanzadas, los más impresionantes
descubrimientos. Es más seguro. Y más cómodo. Tú disfruta. Es tu
derecho. Y cuando quieras algo más, haz tu pedido.

Esas son las banderas de la nueva ideología. De la nueva sociedad. Y
tras esas banderas sí está dispuesta a marchar mucha gente. A cambio les
ofrecen una sociedad en la que no se ve nunca el dolor, ni el
deterioro. Una sociedad que presume de erradicar las “malformaciones”,
los momentos difíciles, los malos tragos. Una sociedad en la que los
cadáveres nunca salen por la puerta de las residencias de ancianos.

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