El relativismo como patente de corso ante niños marroquíes

Esta mañana, en una radio, un oyente se quejaba: “Llevo tiempo parado, he ido al banco a pedir un préstamo de 24.000 € para montar un bar y me lo han denegado”.
Es el caso más doloroso, y el más frecuente en nuestros días, el de un padre de familia desesperado, impotente ante una situación que pone a prueba la fortaleza del más justo de los individuos.

Pero responde a la tónica general del país: hemos confundido los derechos con los melones y los compramos como si estuviéramos en el mercado. Nos hemos creído la doctrina oficial, según la cual tenemos derecho a todo. Es pues lógico que protestemos cuando se nos niega uno de esos “derechos” y llamemos indignados a la radio.

Si me da por creer que soy mujer, el Estado proveerá. Me cambiará la identidad, me arrancará el sexo, me lo sustituirá por otro, me pondrá tetas y me llamará Vanesa. Porque nos hemos convencido de que los derechos están por encima de las leyes. De las de la naturaleza, de la ley natural y de cuanto se ponga por delante.

Luego, si un día se nos olvida el preservativo, o se rompe, o no lo tenemos a mano, iré a la farmacia y compraré la píldorita the day after. Y si también eso me falla, el Estado proveerá. Me informará de que me puede quitar de encima al inoportuno ser vivo, me dirá el lugar donde debo dirigirme y terminaré en un establecimiento aséptico, casi ecológico, donde nada recuerda su parentesco con los hornos crematorios de Auschwitz.

Bueno, reconozcamos que tal vez estos sean ejemplos extremos, propios de radicales y ultras fanatizados. Vayamos a situaciones más cotidianas, más comunes. Para lo cual deberemos pasar por alto la extinción de 300 seres humanos por día, cifra que convierte tal actividad en una de las más cotidianas de nuestro país. Pero avengámonos a desdramatizar nuestra exposición.

Los críos tienen derecho a pasar de curso sin haberse enterado de nada. Los padres, mientras sus hijos perseveran en su sólida estupidez, tienen derecho a ignorarles, que para eso está la escuela y el Estado. Y padres e hijos juntos tienen derecho a ignorar que pared con pared, el vecino acaba de darle una soberana paliza a su mujer.

En la sociedad del hiperderecho, los deberes menguan. En España la única persona que ha hablado en los últimos 10 años de deberes, de obligaciones y de compromisos fue un francés que vino a darse una vuelta por Madrid. Y como tenemos derecho a interpretar lo que nos dé la gana, de lo único que quisimos enterarnos fue de lo mona que era su señora.

En el país de los derechos, no existen las obligaciones. Ni siquiera en los casos más extremos. Aquí tienes un derecho especial, el derecho a equivocarte, y eso jamás será considerado una falta de responsabilidad. Aunque te lleves por delante a alguien. Aunque mates.

La izquierda en bloque acaba de dictar su sentencia: la enfermera de Rayan, el niño marroquí, tenia derecho a equivocarse. Sindicatos, partidos y periodistas a sueldo del gobierno de los socialistas, consideran que la responsabilidad de la muerte recae en la administración del hospital, y aun en el gobierno regional, de ninguna manera en quien no sabía distinguir una aguja de una sonda.

En el país de los derechos, ni la vida ajena frenará mis deseos:

“Qué responsabilidad se le puede exigir a una enfermera en su primer día de trabajo” (secretario general del sindicato de Enfermería SATSE).

“Cualquier persona en esas circunstancias podría haber cometido el mismo error” (secretario de la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública).

Derechos sin deberes. Por lo tanto, derechos sin referencia. En consecuencia, sin límites. Derechos ante los que se somete la naturaleza, la realidad, y si es preciso, cuantos me rodean.

Desde un punto de vista legislativo todavía no hemos dado el paso, pero en el ambiente colectivo, en la opinión pública, en el pensamiento que impera en la sociedad, ya se ha roto la gran barrera, el último freno, el tabú extremo: nos consideramos por encima de la vida. Nos consideramos con derecho a decidir sobre la vida de los demás.

Y convertir eso en un estado de ánimo colectivo es el primer paso para traducir la barbarie en leyes. Estamos poniendo las bases de una sociedad que, manteniendo su apariencia democrática, terminará resucitando las leyes más totalitarias del siglo XX, aquellas que, con una apariencia más burda y soez, crearon los regímenes nazis y comunistas de los años 30 y 40.

De hecho ya hemos empezado. Las empaquetamos de otra manera. Somos pulcros en la presentación. Cuidamos el lenguaje. Votamos cada cuatro años.

Pero no elegimos a nadie. Ni un solo cargo electo lo es por tu elección directa. Y tan solo cambiamos las formas, los nombres de las cosas. Lo llamamos IVE. O derecho a morir “dignamente”. O tercera edad. Lo llamamos “un error lo tiene cualquiera”.

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