La ” culpa ” de los valientes en las sociedades de cobardes

"El miedo, motor de nuestros actos, de nuestra indignidad, no nos engañemos, también nos ha traído a Euskadi parte de nuestro bienestar económico, de nuestro estatus político.


¿Quién se atreve a renunciar a lo que en nuestro nombre se exigió bajo amenazas?"
Iñaki Arteta, creador, director de cine, siempre ha sido brillante y valiente, dos cualidades no demasiado bien vistas por los totalitarios, que en nuestro país son tantos y adoptan tantas formas. Sobre todo si has cometido la insensatez de nacer en una provincia que se cree una nación.
Arteta habla hoy en El Mundo de la culpa con estremecedora sinceridad:

Un sentimiento de culpa nos perseguirá siempre. Lo que tenemos, lo que no tenemos, lo que hicimos, lo que dejamos de hacer.

No deberían ser personas como Iñaki Arteta quienes se sintieran culpables, pero es lo que hay. En las sociedades de cobardes, y las regiones donde gobierna o ha gobernado el nacionalismo son campeones en la siniestra competición de la deslealtad, ya solo dan la cara quienes la tienen partida.
Iñaki Arteta: el cine español y el nacionalismo terrorista

Este es el artículo que Iñaki Arteta publica hoy en El Mundo con el título de El miedo, bajo la cama:

De las muchas películas que faltan para describir la realidad pesada, dramática, oculta y vergonzante que se ha vivido en los últimos decenios en el País Vasco y en toda España, una de ellas tendría que tener como objetivo adentrarse en la lucha íntima que cada ciudadano ha mantenido en estas cinco décadas contra el miedo. ¿El miedo a qué? ¿Yo, miedo?Como un elemento contemporáneo de nuestro paisaje, el miedo convive con nosotros desde hace 50 años. Como una rutina adquirida por nuestro comportamiento, se ha temido y se teme. No se trata de que nos puedan matar por la calle; sabemos que muy pocos, poquísimos, tienen ese riesgo. Sin embargo, consciente o inconscientemente, se teme.
En general a nada, en particular a muchas cosas. Se deja de comprar, de leer, de frecuentar algún lugar o a alguien porque está marcado, se disimula en una lengua medio aprendida, en los apellidos, en los gustos, en las aficiones, en los lugares que se eligen, a los que no se iría nunca, se teme no ser suficientemente de la tribu, no parecer uno más entre ellos, ir contracorriente en este mar turbio en el que hasta se asesina aunque sólo sea de vez en cuando.
Miedo transferido por nuestros padres -«no te metas en líos»- y por nosotros a nuestro hijos -«ten cuidado con lo que hablas»-. Habla en voz alta de lo correcto, de lo que no cabe duda que nadie te va a afear, de los precios de las cosas, de partidos, de finales, de lo que no molesta, de tonterías. Pero, sobre todo, calla. No hables de lo que preocupa, de cómo hemos podido vivir tanto tiempo así, entre esa gente, de la infamia de que nos confundan con ellos, de cómo hemos podido llegar a ser tan mansos corderos.
Se ha callado tanto y durante tanto tiempo que a buen seguro nos habrá dañado alguna parte de nuestro cerebro: la fibra de nuestra dignidad. Han callado los buenos y los menos buenos, creyentes y no creyentes, jóvenes y mayores, los que dicen que pasan y los que dicen que ya han visto demasiado. Sólo a unos pocos se les ha oído. Locos.
El miedo ha circulado por las oficinas, por las tiendas, por los bares, por las aulas, por las plazas, por las charlas con nuestros amigos; ha recorrido nuestras calles, se ha metido por las ventanas en nuestras casas, se aloja bajo nuestra cama. En la intimidad de nuestra soledad nos ha acechado cada noche en que ha sucedido algo importante, en que se ha vuelto a asesinar muy cerca. O: menos mal, no ha sido tan cerca esta vez. Hemos traicionado, humillado, menospreciado por miedo, por no quedarnos solos, por no sentir la mirada que aísla del grupo.
Nos hemos tomado la labor de ocultarnos incluso a nosotros mismos ese miedo íntimo, ése que disimulamos haciéndonos los valientes con cualquier otra cuestión a la menor oportunidad.
No hemos ejercido la compasión, ni la caridad, ni la piedad, por miedo. Hemos ignorado, abandonado, despreciado a los que más han sufrido las consecuencias del más cruel terror. Los hemos evitado, porque acercarse a ellos era contagiarse el estigma. Un solo movimiento en su dirección bastaba para que se entendiera el mensaje: «Éste no es de los nuestros».
El miedo, este miedo, nos lo puso en funcionamiento un organismo interno hace 50 años; era por nuestro bien, pero no han sido ellos los únicos que lo han propagado, quienes han hecho uso de nuestra cobardía, ni tampoco ha hecho falta que nos amenazaran expresamente a todos de muerte. Ese miedo fue impregnando todas las estructuras sociales que conocemos; a unos les hacía más pequeños, microscópicos, invisibles, y a otros, todopoderosos, déspotas amables, sectarios simpáticos; no son mala gente los amos.
El miedo, motor de nuestros actos, de nuestra indignidad, no nos engañemos, también nos ha traído a Euskadi parte de nuestro bienestar económico, de nuestro estatus político. ¿Quién se atreve a renunciar a lo que en nuestro nombre se exigió bajo amenazas?
Un sentimiento de culpa nos perseguirá siempre. Lo que tenemos, lo que no tenemos, lo que hicimos, lo que dejamos de hacer.
Esta misma semana, ETA ha vuelto a atacar, primero en Burgos y ayer en Mallorca, donde murieron dos personas. Continúa así la ininterrumpida labor de la banda comenzada hace ya demasiado tiempo, ya 50 años, de amedrentarnos a todos. Me atrevo a decir que hoy corren buenos tiempos, mejores que nunca, para la derrota del miedo, del silencio cómplice y cobarde. Pero la última batalla, la definitiva, se libra en nuestra habitación, de noche, en soledad, contra uno mismo.
Iñaki Arteta es escritor y director de cine. En 2008 dirigió El infierno vasco, un sobrecogedor documental sobre la realidad sociopolítica en Euskadi.

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