Maragall, la saga de los cínicos

Los nervios nacionalistas ante la siempre demorada sentencia del TC sobre el estatuto catalán se han desbordado definitivamente. Y a pesar de que la histeria, como estrategia y como razón de ser, es intrínseca a los partidos identitarios, las crisis de estos días en la Generalidad catalana y en las sedes de los partidos regionales alcanzan categoría de pandemia.

Ahora le toca el turno a los socialistas, primus inter pares de los partidos nacionalistas del catalanismo.
Ernest Maragall, consejero catalán de Educación y hermanísimo, como casi todos los altos cargos de los socialistas catalanes, ha pedido un gobierno de coalición PSOE-PSC en Moncloa.

Los socialistas catalanes, como sus socios de gobierno y la oposición de CiU, han decidido echarse al monte de los antisistema y llamar a la rebelión si lo que diga finalmente (el día que tal acontecimiento planetario suceda) el Tribunal Constitucional no es exactamente lo que ellos quieren que diga. Y Maragall hermano va más allá: quiere la independencia de los diputados socialistas que fueron elegidos por las circunscripciones catalanas para luego formar un gobierno de coalición.

Maragall hermano sabe que en la España de esta Constitución y este sistema electoral, la garantía para seguir pisando moqueta de por vida es pasar por nacionalista y no presentarse nunca a unas elecciones en toda España.
El chollo con la actual legislación electoral y la actual Constitución es competir en las menos provincias posibles y luego echarle una mano al pringao que se haya presentado en toda España y quiera gobernar.

En el 81 entrevisté en su despacho de la alcaldía de Barcelona a Pasqual Maragall. Acababa de llegar al cargo. Por aquel entonces los socialistas iban todavía de no nacionalistas. Ante Jordi Pujol arrugaban la nariz, con el típico desprecio clasista de la izquierda hacia todo lo que no pertenezca a su secta.
¿Cómo competir con el nacionalismo de Pujol sin ser nacionalista? La respuesta de Pasqual Maragall sonó en aquellos tiempos estrafalaria, casi absurda:

Lo que hay que hacer –me explicó-, es pedir un estado federal. Con eso sacamos a la gente a la calle y derrotamos a los nacionalistas.

La propuesta solo tenía un problema: su autor no creía en lo que decía, ni en el "som una nació", ni en el resto de zarandajas pujolistas.
Veinte años después los Maragall lo consiguieron. Incluso con creces, porque ya tenemos instalado, de manera inconstitucional, un estado confederal. Para lograr su objetivo les bastó cruzarse en el camino con José Luis Rodríguez.  A cambio de sus votos, aquel candidato por los pelos a la secretaría general del PSOE, carente por completo de principios, les compró la tramposa mercancía condeferal y vendió su alma al diablo identitario.

Con aquel trueque que acabó con las aspiraciones de José Bono, el PSOE ancló su suerte al inestable paquebote de los xenófobos. Desde entonces, PSOE y etnicistas son, a los ojos de la ciudadanía que no depende económicamente de ellos, la misma basura.
El método de Pasqual ha sido el mismo que ahora propone su hermano Ernest: hacer algo en lo que no crees porque le conviene a tus intereses. Ellos dicen “porque le conviene al país”. Pero tampoco se lo creen. Le conviene a su partido. Es decir, a su bolsillo. Les conviene para seguir instalados en la cúpula de la oligarquía regional.

Sin el nacionalismo, disfrazado de federalismo o de secesionismo, sin esa mentira cínica y descomunal basada en un victimismo prefabricado y en la pedagogía del odio, los partidos nacionalistas y los tripartitos nunca habrían llegado a existir. Y sin el PSOE jamás habrían tocado poder.
Pero el nacionalismo goza de un privilegio del que carece el resto de formaciones políticas de implantación nacional: una Constitución que les privilegia y una legislación electoral que multiplica el valor real de sus votos.

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