El socialismo “bermell”

Es un socialismo extraño, que solo tiene de rojo el dibujito de la rosa en el emblema del partido. Desde el punto de vista político son una pandilla de pringados, mediocres incapaces de llegar al poder. Pero han logrado imponer sus ideas, y su modelo de sociedad ha sido adoptado por el PP.

La larguísima historia de fracasos y derrotas del socialismo en la Comunidad Valenciana, al que no resulta ajena la torpeza secular de los dirigentes del PSOE desde que Joan Lerma fuera derrotado en las urnas en 1995, ha hecho del PSPV una rareza política: es hegemónico en el pensamiento y la cultura dominante pero no tiene la menor credibilidad en las urnas. En otras palabras, la tía María ni siquiera sabe que en Blanquerías, además de las torres de Serranos, está la sede de los socialistas. A pesar de que cuelgan de sus ventanas los cartelones más grandes de España, incumpliendo todas las normativas municipales.

Al común de los mortales valencianos le importa un rábano lo que diga el portavoz de turno, siempre cambiante, del PSOE regional. En cambio, estudiantes y algunos profesionales generalmente vinculados a la función pública, actúan de eficaz correa de transmisión en el sistema educativo, sobre todo en la universidad, y en la administración.

Frente a ellos, para el mayoritario ciudadano común, decir socialismo en la Comunidad Valenciana es mencionar la bicha.

Su propio nombre resulta ya un engendro lamentable que repele a la ciudadanía. La denominación Partit Socialista del País Valencià refleja la sumisión del progresismo de la Comunidad Valenciana a los dictados del nacionalismo catalán.

El perfil del votante fiel del PSPV-PSOE es el de un profesor de universidad, funcionario convencido de sus derechos, nunca de sus obligaciones, sindicalista entusiasta y, en consecuencia, poco trabajador.

Escribe de vez en cuando un breve texto en el periódico Levante, básicamente para insultar a la Generalidad o al PP, y está completamente convencido de que todos los populares, absolutamente todos, son ladrones por el simple hecho de pertenecer a ese partido.

Ha mandado una carta de apostasía al arzobispado de Valencia, cree que el Papa milita en secreto en el PP y por eso visitó la ciudad, y es furibundo enemigo de que una carrera de la fórmula 1 se corra en sus calles, aunque sigue religiosamente el campeonato por TV3, cadena que considera como la mejor del mundo.

Le repugna cualquier iniciativa promovida por el gobierno regional o los ayuntamientos presididos por populares, y odia Canal 9 con furor cainita.

Jamás viviría en una de esas viejas casas de los barrios populares de su ciudad, deterioradas hasta la ruina, sin servicios, pero es capaz de oponerse incluso con la violencia a que los ayuntamientos osen dignificarlos. Y para impedirlo crea todo tipo de plataformas, cuyos nombres empiezan invariablemente por el verbo “salvem…” (salvemos), aunque la dura (para él) realidad es que todas están formadas por el mismo puñado de resentidos.

Es un nostálgico de la huerta, que solo recuerda cuando su memoria gastronómica despierta su apetito el domingo a media mañana, enviándole imágenes de pequeños restaurantes donde únicamente servían paellas grasientas.

Quiere levantar todos los cementerios valencianos en busca de las pruebas que demuestran que los actuales gobernantes autonómicos y locales asesinaron personalmente a todos los muertos de la guerra civil y el franquismo.

Una vez al año se manifiesta convocado por el secesionismo catalanista y, al regresar a casa, piensa por un momento que el año que viene sí, que en las próximas elecciones les vamos a machacar.

Los viernes por la noche cena en el restaurante Bermell del barrio del Carmen valenciano. Y ese, el nombre del local, es el único rojo real que existe en su vida. Porque su ideología no es la de la igualdad y la justicia social sino la de la sumisión y la deslealtad. Bastaría el ejemplo del agua para justificar tan serios calificativos.

Si el socialista de la Comunidad Valenciana se dedica a la política, el perfil cambia ligeramente. De repente su horizonte soñado ya no está en ser como los nacionalistas catalanes, sino en salir pitando de su tierra para ir a Madrid y triunfar. O lo que sea. Y esto último es generalmente lo que consigue.

Esta variación en el perfil del progresista valenciano no altera el resto de notas arriba definidas, en especial las de la sumisión y la deslealtad. Recordemos al respecto a personajes como Bernat Soria y Leire Pajín, o la propia vicepresidenta Fernández, cuyo censo nunca ha logrado aclarar de manera convincente y que es diputada por Valencia.

Cuando el electo socialista valenciano logra un cargo orgánico, o un puesto en el Gobierno, olvida rápidamente la procedencia de sus electores y los problemas y necesidades que pudieran tener, para ponerse con marcial prestancia a las órdenes del que mande más.

Su labor entonces consiste en adelantarse a las palabras del gran timonel de turno. Este es el motivo por el cual los dirigentes socialistas valencianos en Madrid siempre aparecen como los más radicales: en su deseo de agradar a quien les nombró y de quien dependen, se esfuerzan tanto en decir lo mismo que su jefe, que terminan pasándose de frenada.

Así es el socialismo “bermell”, el socialismo del “país valenciano”. Ajeno a la ciudadanía, habla una lengua con la que nadie se identifica para decir cosas que a nadie conciernen porque responden tan solo a los intereses particulares de cada uno de sus dirigentes.

Pero estos inútiles que emplean su tiempo en segarse mutuamente la hierba que pisan, dominan el mundo de las ideas en la Comunidad Valenciana. Es el gran baldón del PP que hoy dirige Camps y ayer Zaplana. Un partido que decidió cambiar sus principios transformadores de la sociedad por el pragmatismo. No le ha ido mal en votos. Pero ha sido a costa de rendirse a las ideas del grupúsculo que tiene como oposición. Nunca tan pocos, ni tan mediocres, lograron tanto: son los grandes derrotados en las urnas, pero sus ideas han ganado en la sociedad.
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