Estatuto catalán: la degeneración del sistema

Zapatero y Montilla 2

"El Estatuto catalán, por su vocabulario e interpretación política de la
identidad catalana, representa un degenerado paso hacia atrás de la
estructura constitucional y de cualquier modelo federal."

El ensayista Joseph H. H. Weiler, director del Centro Jean Monnet de Estudios Europeos de la Universidad de Nueva York y profesor del Collège d`Europe, constitucionalista y uno de los más afamados estudiosos de la política europea, dedica hoy un largo artículo al estatuto catalán en el contexto de la política del Gobierno, cuyo presidente compara, en sus múltiples errores, con George W. Bush.

Weiler, un apasionado defensor del papel de nuestro país en la Historia y también en nuestros días, salvo el período Zapatero, es extremadamente duro en su juicio con el panorama político español, con el presidente del Gobierno y también con los miembros del Tribunal Constitucional ("La historia será implacable") y reflexiona sobre el carácter del texto estatutario que socialistas y/o nacionalistas aprobaron en el parlamento regional catalán y en el Congreso de los Diputados:

"Sin embargo, a la larga, lo que se juzgará como la
herida más duradera será el impacto de su manera de hacer en la
estructura política del país.

Independientemente de la opinión que se
tenga en materia de política social, uno no puede sino deplorar su
retórica polarizadora, su gusto por el enfrentamiento cultural, su
satanización de sus adversarios y su vulgar forma de abordar cuestiones
delicadas como la historia reciente o el tema del aborto.

Zapatero es
un verdadero Bush español. Su complicidad oportunista con el Estatuto
de Autonomía catalán, que ahora se ha convertido en modelo para un
nuevo acuerdo constitucional, desastroso, en marcha en las otras
regiones de España, agrava todavía más las cosas.

En España, por
motivos históricos, el federalismo clásico nunca se ha intentado. De
los Estados de más éxito del mundo, muchos son federales; piensen en
Alemania, Australia, Canadá o Estados Unidos. ¿El secreto? Una
identidad nacional fuerte y unificadora con una descentralización
pragmática del poder que tiene como consecuencia un sistema de Gobierno
eficaz que da a los ciudadanos el control de su vida.

El Estatuto
catalán, por su vocabulario e interpretación política de la identidad
catalana, representa un degenerado paso hacia atrás de la estructura
constitucional y de cualquier modelo federal. Vuelve a los años veinte,
a la caída del Imperio Otomano y al renacimiento de los Estados
nacionales liberados.

En ese mundo, la imaginación política no podía
concebir un pueblo que no fuera «puro», «orgánico», que en cambio fuera
multicultural o multiétnico. No sé si esa es para alguien la solución
«progresista».

En mi opinión, son sólo infames «Regímenes de Minorías»,
que reconocen, igual que hace el Estatuto catalán, la identidad
nacional separada de estas minorías y les concede diversos grados de
autonomía.

Esta forma de pensar en este ámbito dio lugar más adelante a
los amargos y patológicos resultados de la limpieza étnica. En sus
aspectos menos enfermizos, aviva los llamamientos tribales al cese de
la convivencia, y en su interpretación común resulta sencillamente
desmoralizadora por su incapacidad de replantear como una expresión de
la España moderna a un único pueblo español rico y unido en su
diversidad, demostrando esa característica esencial de Europa: una
Tolerancia Constitucional que se alegra de definir comunidad y nación
en términos inclusivos traspasando las líneas anticuadas de «lo ajeno».

El acuerdo constitucional que actualmente se debate en España no es un
regreso al futuro, sino un salto hacia el pasado, del que la mayor
parte de Europa se ha librado.

No es sólo un deprimente fracaso
espiritual. Bélgica optó por un camino similar y los sucesivos y
desastrosos acuerdos constitucionales ahora se han afianzado en
miniestructuras de poder interesadas que hacen que el país sea cuasi
disfuncional. Al igual que pasó en Bélgica, una vez que se ha salido,
será imposible volver a meter la pasta de dientes en el tubo.

El Estatuto catalán también incluía una divisiva «ley de
derechos», consecuencia de una emboscada constitucional por parte de la
extrema izquierda. Deus ex machine; las demás regiones quieren lo
mismo. ¿Derechos humanos y este tribalismo? Casi una contradicción en
sus propios términos.

Zapatero, más preocupado por su destino político
electoral y el de su partido, les siguió alegremente el juego y
respaldó este proyecto tan poco imaginativo para el futuro de España.

No subestimo su perspicacia política. ¡Bush también salió elegido para
un segundo mandato! Pero la complicidad en el desmembramiento
constitucional de la nación española es el acto de un político de tres
al cuarto, no el de un hombre de Estado, algo que el Tribunal
Constitucional debería tener en mente. La historia será implacable si
no lo hace.

Muchos de ustedes rezongarán que quién soy yo, un judío
estadounidense, para darles a los españoles un sermón sobre sus asuntos
internos. Y yo les puedo responder en un tono desafiante que quiénes
son ustedes para poner objeciones. España es uno de los pocos países
cuya profunda influencia a la hora de dar forma al mundo en el que
vivimos y en el que seguiremos viviendo durante siglos lo convierte
-metafóricamente hablando, por supuesto- en patrimonio de todos los
ciudadanos del mundo.

En cierto sentido, todos somos españoles; y ustedes, los
ciudadanos de España, en cierto sentido, no son más que los guardianes,
los fiduciarios de ese gran patrimonio mundial llamado España y la
nación española. Tengan cuidado de que su George W. Bush no consiga
traicionar su confianza, la confianza de todos nosotros." (El George W. Bush español)

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