Pujol reivindica su mejor invento: el totalitarismo lingüístico

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Pero reconoce la artificialidad de la imposición de la lengua obligatoria en Cataluña.

Puede presumir de lo que muy pocos: ha logrado convertir en parias a la
mayoría de los ciudadanos que viven en la región, es decir, a los que hablan español, y lo ha hecho con el
consentimiento de casi todos ellos. Cuando abandonemos esta edad de la barbarie, Jordi Pujol será estudiado con el mismo interés con que se estudian los insectos que producen enfermedades letales muy raras: ¿cómo fue posible que un tipo así lograra adueñarse del entendimiento y de la voluntad de seis o siete millones de personas a base solo de publicidad?

Cierto es que dispuso durante tres décadas de ingentes recursos económicos. Con ellos pudo comprar directamente voluntades a diestro y siniestro. Y cuando alguien se resistía a la operación de compra venta, aplicaba el plan B, más lento pero de una eficacia tal vez superior: treinta años de consignas xenófobas a través de todas las cadenas de radio y de televisión, de todos los periódicos que se escuchan, ven y leen en la región, de todos los centros educativos.

Salvando las distancias (considerables en algunos aspectos, irrisorias en muchos otros), a Goebbels le bastaron 12 años para convertir a los alemanes en sumisos partidarios de su régimen. Pujol y los suyos dispusieron de treinta. Y los supieron aprovechar muy bien.

Hoy Jordi Pujol reivindica desde su dorado retiro una de sus armas más eficaces: la imposición lingüística. La llama de otra manera, porque el nacionalismo catalán de CiU siempre se ha esforzado en presentar la cara amable de la xenofobia, ocultando los colmillos y las pezuñas. A la persecución lingüística la denominan “inmersión”, que da cierta sensación de ahogo pero resulta más llevadera que “imposición”.

Desde su Centre de Estudis Jordi Pujol, el ex presidente regional catalán advierte de los peligros que para su negocio supone un pacto educativo con el ministro “del gobierno español”. Y para justificar el imaginario riesgo que corre la no menos imaginaria nación que cree representar, da alas a su imaginación:

  1. Hipótesis: el catalán está en peligro de desaparecer.  
  2. Conclusión: que hagan lo que quieran, pero nosotros seguimos “inmersionando” a todo el que se nos ponga a tiro.

Escribe el ex honorable:

“La presión sobre el catalán se ha acentuado de una manera extrema durante los últimos 15 años a causa sobre todo de una inmigración masiva y muy heterogénea. Y motivada también por un endurecimiento de la ya tradicional animadversión de sectores españoles muy amplios contra nuestra lengua.

Si el pacto educativo que ofrece el Ministro Gabilondo comporta recortar o diluir la inmersión lingüística, debe ser objete de un rechazo claro y categórico desde Catalunya. Bien entendido que el PSOE y el PP nos lo podrían imponer. Pero esto representaría una ruptura del espíritu del pacto que debía garantizar la continuidad de Catalunya como pueblo, lengua y cultura, y su contribución al progreso general.”

Pero hete aquí que en su elucubración lingüístico-racial se le ha colado a Pujol un reconocimiento explícito de la artificialidad de su artefacto lingüístico. El ex presidente que puso en marcha las multas linguísticas y la exclusión de la lengua común de la vida oficial, mediática y educativa, reconoce que de no mediar la fuerza y la presión, la lengua obligatoria sería irrelevante:

“Sin inmersión lingüística en la escuela, en estas condiciones el catalán sufriría un muy intenso y quizás irrecuperable retroceso.”

Jordi Pujol, poco amigo de respetar las libertades individuales, reconoce que es preciso utilizar el poder para restringir la libertad lingüística de unos insensatos ciudadanos que, sin presión ni persecución, tal vez optarían por utilizar lenguas más eficaces.

Menos mal que a Odoacro, el huno de acabó con Rómulo Augusto, el último emperador romano, y a sus sucesores en el resto del disuelto imperio, no les dio por ordenar la obligatoriedad del latín como lengua propia. Teniendo en cuenta los usos de la época, pocos hubieran sobrevivido a la inmersión. Aunque también en esto Pujol bate marcas: en Cataluña ya no quedan muchos supervivientes a sus prácticas lingüísticas.

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