Nacionalismo de aspersor

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Todo lo impregna. Como el chapapote negro y pegajoso que se adhiere a
todo, así el nacionalismo todo lo contamina y corrompe. La economía y
la comunicación, pero también la comida y el arte. Las ideas y la
política. El deporte y hasta la Iglesia. Todo lo ensucia.

Y en
todas partes, a través de todas esas manifestaciones, exhibe su carácter
histérico y caprichoso, incontinente e infantiloide. El nacionalismo
nunca ha sido ideología, sino estado de ánimo. El estado de ánimo del
que busca el privilegio con el egoísmo inmaduro propio del adolescente
caprichoso:

– Tu dinero es de todos. El mio, solo mio.

Y a
eso, en España, le hemos dado en llamar financiación autonómica.

Por
eso la reacción del catalanismo, es decir, de todos los partidos
políticos catalanes menos dos (PP y Ciudadanos); de todos sus medios de
comunicación; de sus universidades y sus empresarios; de su supuesta
cultura y su falsa “sociedad civil”; la reacción de todos ellos es la
misma, se encuentran frente al Tribunal Constitucional o ante un equipo
de fútbol: la histeria, la incontinencia, la furibunda intolerancia ante
la más mínima adversidad. Y por supuesto el juego sucio.

Tras
quedar patente por enésima vez en el TC que el estatuto de los
nacionalistas no logra pasar el filtro de la legalidad vigente, la
histeria se ha adueñado del nacionalismo en Cataluña y en alguna otra
región igualmente contaminada. Y ahora exige (jamás pide) que el TC se
inmole sin  más dilación en la plaza pública. No se conforma con que
dictamine a favor de su estatuto: reclama que se autoinculpe y que se
disuelva.

En cuanto terminó el encuentro tras ser derrotado por
el Inter, el equipo de fútbol del nacionalismo catalán, el de Mas y
Montilla y Zapatero y Carod, el que ha celebrado sus victorias en todos
los campos de España, incluido el de su principal rival, sin que nadie
le molestara, conectó los aspersores de riego de la zona en que los
deportistas italianos estaban celebrando su triunfo.

Es siempre
la misma reacción, sean políticos, periodistas, empresarios, curas o
futbolistas. La misma exhibición de intolerancia. La misma incapacidad
para la convivencia.

Es la expresión de la barbarie, que
heredamos del pestilente siglo pasado. Pasaron los fascismos y (casi)
los comunismos. Permanece el rescoldo, el nacionalismo, elemento 
sustancial de aquella bestia disfrazada de ideología política que
produjo las mayores matanzas de la historia de la civilización.

Ellos,
los Mas y Montilla y Zapatero y Carod, creen ser diferentes. Se sienten
alejados de la barbarie de sus ancestros. Pero chapotean en el mismo
lodazal. Por sus venas corre la entronización del sectarismo. El de la
raza para unos, el de la clase social para otros. La misma basura
asesina que, a modo de aspersor, ha manchado quién sabe si
irremediablemente nuestra convivencia.

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3 comentarios

  1. No saben perder.

  2. Lo de los aspersores, es la única forma (de “chorrear” al inter) que encontró alguno.

  3. En mi vida había leído una descripción tan acertada del mal nacionalismo.

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