“El proceso estatutario es primordial por la situación de conflicto que genera”

Plaza del Ayuntamiento, Santander
Hace cinco años, uno de los más conspicuos
representantes del nacionalismo catalán escribió:

“El proceso estatutario es un instrumento
primordial hacia la plena soberanía del país no tanto por lo que contiene como
por la situación de conflicto que genera.”

A los nacionalistas nacidos a la sombra de
Zapatero hay que agradecerles la sinceridad. Ya no se ocultan (excepto
CiU, y cada vez menos) ni disimulan. Y en efecto el dichoso estatuto trata
de eso: de armarla.

Bien, la han armado. De nuevo se han salido con la suya. Conocemos bien de quién es la responsabilidad. Cuando en 2003 el
PSOE, ya dirigido por Zapatero, cobró conciencia de que seguiría en la
oposición otra legislatura más, el emergente líder socialista decidió atar su
suerte a los nacionalistas y convirtió el Pacto de San Sebastián de 1930 en una
clase de parvulitos. De ahí nació la pulsión socialista por reformar cuanto
estatuto apareciera en su camino. Y de ahí también el auge de los grupos
nacionalistas, cada vez más violentos y voraces.

La división nacional, como todo lo
demás, se la debemos al hacedor de patrias. Pero la explicación no sirve ya
para casi nada porque lo que tenemos ahora sobre la mesa es el “conflicto que
genera” el estatuto.

El conflicto sirve al
nacionalismo para dar su siguiente paso: la independencia. El tiempo que ahora
empieza, y que CiU ya se encargó
ayer de anunciar
, necesita elevar todavía más la tensión. Porque rematar la
destrucción nacional pasa por la crispación, por tensar al máximo,
por seguir deteriorando la convivencia.

El nacionalismo de mercadotecnia actual lo
define como “situación de conflicto” y el traicional, menos remilgado, como
odio puro y duro. Prat de la Riba es el padre del nacionalismo catalán:

“Era preciso acabar de una vez con aquella
monstruosa bifurcación de nuestra alma; era preciso saber que éramos catalanes
y solo catalanes, sentir lo que no éramos para saber claramente, profundamente,
lo que éramos, lo que era Cataluña. Esta obra, esta segunda fase del proceso de
nacionalización catalana, no la hizo el amor, como la primera, sino el odio.” (La nacionalitat catalana, 1906)

El nacionalismo siempre ha necesitado el
enfrentamiento y el odio para salir adelante (y, cobarde al fin, la debilidad del Estado). Y siempre ha tenido que definirse
en negativo, jamás de manera afirmativa, positiva, sino a base de negar al otro
sus derechos. Así son los que hoy nos gobiernan y los que ayer terminaron desde
el Tribunal Constitucional la tarea emprendida hace siete años por Zapatero y
el PSOE.

Estamos pues en la segunda fase de Prat de la
Riba, en la fase del conflicto. El plan del nacionalismo es aumentar la
cantidad de gasolina que echa en la hoguera de la convivencia colectiva. Para
lograr, dentro de dos o tres décadas, la secesión, como ha logrado hoy, tres
décadas después de la aprobación de la Constitución, este texto estatutario.

No vamos a organizar ya una nueva guerra
civil, ni aparecerá ningún militar encabezando un golpe de estado. Y en cuanto
a las posibilidades que nos brinda la supuesta democracia en la que vivimos, no
podemos esperar del Partido Popular una regeneración del sistema y de la
nación. Ni es capaz, ni sus dirigentes (en general) lo sienten de verdad como
una necesidad, ni se lo permitirían en el caso de que lo intentara. Y con respecto
a la ciudadanía, menos esperanzas todavía cabe albergar sobre una reacción
cívica que limpie el patio de tanta inmundicia. De modo que más vale ser
realista y sobre todo, práctico. ¿Este es el “país” que al parecer
queremos? ¡Pues no perdamos más tiempo, ni más recursos!


Lo siento por los que, sin ser nacionalistas,
viven en Cataluña. Pero desde BBS no se va a seguir defendiendo ya la
permanencia de la región en España. Ahorrémonos los próximos veinte años de
amargos episodios de quiebra y enfrentamiento cada vez menos larvado. Con los
veinte precedentes ya está más que colmado el vaso de la paciencia nacional.

No perdamos más tiempo, ni dañemos más la
salud de nuestra vida colectiva. Todos sabemos que esto ya no lo arregla nadie.
Así que dejemos de poner tiempo y dinero sobre la mesa, organicemos un referéndum
de autodeterminación vinculante lo más rápidamente posible y si gana la
independencia por un solo voto, que se vayan. Que se vayan cuanto antes.

Habrá que negociar
algunas cosas, como el rescate económico de las inversiones del
Estado en los últimos 30 años, desde el establecimiento de la democracia. Y
también será preciso dejar atado un estatuto de minoría para los ciudadanos que decidan quedarse en las cuatro provincias y no se sientan catalanes, un compromiso que
garantice sus derechos, aunque sean mínimos.

Y luego marchémonos de allí. Porque en
realidad somos nosotros, los ciudadanos como yo, catalanes del barrio de San
Gervasio de Barcelona, los que nos vamos a ir, aunque el nacionalismo crea que
son ellos los que dan la espalda a la nación.

Marchémonos y dejemos la puerta bien cerrada.
Que sean ellos, los nacionalistas, quienes expliquen a los ciudadanos que allí
se queden de dónde sale su ridícula pretensión de que un estado catalán
independiente ingresará en la UE a los cuatro días.

Dejemos la puerta bien
cerrada y dediquémonos a regenerar este país. Y a terminar de limpiarlo de nacionalistas.

Empezaremos por el PSOE, causante de la
ruptura de España.

Más
información en:

·      Los
nacionalistas estrenan su estatuto

·      El
estatuto como operación encubierta

·      Cataluña
no tiene dignidad

·      Estatuto
catalán: la degeneración del sistema

·      INFORME
El coste de la imposición lingüística

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3 comentarios

  1. Triste día para los catalanes que justamente por serlo, nos sentimos más españoles que nunca.
    La mayoría de los catalanes no son nacionalistas. Recuérdese que en el referéndum sobre el Estatuto hubo una abstención del 60%, lo cual confirma que no hay tanto nacionalista, al menos a pié de calle. Otra cosa son las Instituciones. Este referéndum visto el quorum, debía de haberse invalidado.
    Por lo tanto debo pedir Miguel, que España no nos abandone, porque los españoles de Cataluña, en mi caso catalanes de pura cepa, queremos seguir luchando pero necesitamos vuestra ayuda.
    Y sí algún día llegase la independencia, ojalá ya no esté en este mundo para verlo.

  2. ¿Por qué será que los más nacionalistas no son los catalanes de toda la vida sino los que se instalan en Cataluña soñando y logrando medrar en las Instituciones?
    No es lo mismo catalanismo cultural que separatismo. El segundo es hijo de intereses político-económicos. El primero deriva del derecho a poder expresarse según la propia lengua materna y cultura,Y la catalana precisamente es pacífica porque es trabajdora.
    No obstante visto el panorama yo también me iría… Si los que hablamos español nos vamos, ¿acabará siendo musulmana o paquistani? tiempo al tiempo…

  3. Qué rabia da todo ésto. España, otra vez, enfrentada a tener que amputarse una parte de sí misma, por culpa de los políticos y los líderes de uno y otro lado (los que “lo tenían claro”, y los que “no se enteraban de nada”).
    ¿De verdad creéis que la mayor parte de la población de todos y cada uno de los territorios que un día fueron españoles y que dejaron de serlo -con la posible excepción de Holanda- querían verdaderamente la independencia? Para conseguirlas hubo que sembrar odio y cizaña. En muchos casos sangre. Y a los que perdieron (los españoles de cada uno de ellos) les fueron dando por …
    Ahora, Cataluña. ¡Es injusto!
    Perder Cataluña no destruirá España. Pero será una pérdida sentida, injusta y perniciosa. España se liberará de un problema, no cabe duda. Pero los miembros amputados eran parte de uno. Y eso luego se resiente.
    Si quedase dignidad, inteligencia y sentido del Estado en España, quizá habría que pensar en “salvar los muebles en Cataluña”: en primer lugar, a los ciudadanos españoles de Cataluña que quieren seguirlo siendo. En segundo lugar, algunos elementos de interés estratégico (Barcelona, lo que se pueda), histórico-cultural-simbólico (Poblet, Ampúries, el Museu Dalí de Figueres, etc.) o político (el Valle de Arán, por ejemplo). Hay que lanzar una ofensiva contra el nacionalismo, mediante el referéndum vinculante y la partición consiguiente de Cataluña. Por defensa de los españoles de allá y por advertencia a quienes quieran imitar a los separatistas en otras latitudes.

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