Razones por las que en España, en lugar de líderes, tenemos cantamañanas

Felipe González descubrió ayer el Mediterráneo cuando aseguró que Europa padece "una fantástica crisis de liderazgo". A bote pronto, se me ocurren cuatro impedimentos puestos ahí, en medio del camino, por los propios "líderes" políticos para evitar que surjan liderazgos dignos de tal nombre.


La ausencia de compromiso personal. El liderazgo exige un compromiso de carácter personal del líder con cada uno de los ciudadanos. Hoy el único compromiso que existe es el que vincula al aparato del partido, si el liderazgo es político. O el que vincula al grupo de comunicación, si es cultural. O al rectorado, si es intelectual. Luego el grupo de comunicación y el rectorado ya se encargarán de vincularse al poder político. De modo que el único ante quien hay que responder es siempre el poder. Con lo que el liderazgo resulta inexistente. O se queda en liderazgo genuflexo.

La ausencia de convicciones. El liderazgo es propositivo: yo te ofrezco a ti X ya que considero que es lo mejor por el motivo 1, por el 2, el 3… Los remedos de liderazgo de nuestros días se caracterizan en cambio por su coeficiente de elasticidad. Se trata de un principio muy "marxista": no tengo ideas y puedo cambiar las que aparentan serlo por otras, si no te gustan. Se lo escuché, expresado muy claramente (en privado), a un alto y desaprovechado dirigente del PP: “Como alguien quiera hablar de ideas en maitines, aparece el sociólogo del partido”. Y así, el socialismo no es socialismo (¿Crisis? ¡Espera, que hago una reforma laboral!) y la derecha no es… nada.

La ausencia de obligación. Los falsos líderes, esos que tenemos hoy en España, se mantienen a flote década tras década, sean cuales sean los resultados de sus propuestas. El líder real vive íntimamente unido a su bandera. Y desaparece con ella cuando se demuestra que ya no es eficaz. El líder real se marcha. Acaba. Dimite. El cantamañanas tiene mil chaquetas.

La falta de respeto hacia uno mismo. Los líderes actuales padecen el síndrome del yoyó: tan pronto están aquí, como se han ido metro y medio más allá. El paso de una posición a otra depende de la intensidad del impulso demoscópico que reciban. Tan solo eso importa, no lo que se diga y haga en una posición u otra. Liderar significa respetar las propias convicciones, en lugar de arrastrarlas de acá para allá.

No se puede seguir a un líder yoyó, chaquetero, genuflexo y elástico. Ni siquiera se le puede utilizar. Y así nos va.

Pero hay una razón más por la que en España los liderazgos han desaparecido en casi todos los órdenes. Es la más decisiva, la que conforma ese muro ante el que se estrellan los eventuales intentos honestos de liderazgo: sucede que los ciudadanos no queremos ver líderes reales ni en pintura. Nos obligarían a recordar que, además de derechos, tenemos obligaciones.

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2 comentarios

  1. En un país donde se tiene alergia a la autoridad, no es extraño que nadie quiera tomar el lugar de lider. Estamos en decadencia.

  2. “sucede que los ciudadanos no queremos ver líderes reales ni en pintura. Nos obligarían a recordar que, además de derechos, tenemos obligaciones.”
    Como siempre has dado en el clavo

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