Esto se acaba

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El mundo de mediados del XX, en cuyo caldo fuimos cultivados, está desapareciendo. Y el modelo que instauró la transición se está hundiendo sin remedio en medio de la indiferencia general. La pregunta ahora es si la hecatombe que viviremos se llevará por delante los pestilentes valores sobre los que hemos construido nuestra vida colectiva. 


Llegaremos a las manos como los griegos de la plaza Sintagma o como nuestros abuelos de Belchite, pero llegaremos. Y los que alcancen esa circunstancia en mejor forma serán los que dirijan la sociedad del siglo XXI.

Todas las sociedades han avanzado gracias a, o por causa de períodos de violencia. La idea nos repugna: somos hijos de la decadencia de nuestro opulento y corrupto imperio romano y no queremos más sangre que la del circo de las teles o los estadios.

Pero caminamos con firmeza y rapidez, aunque quizá en la ignorancia, hacia la violencia de la que tendrá que nacer la sociedad que vivirán quienes nos sucedan.

En la medida de mis ínfimas posibilidades, trabajo para que el momento nos pille con mucho músculo moral. Porque la posibilidad de que la violencia que nos espera se lleve por delante los valores sobre los que hemos construido la sociedad que ahora se hunde, merece nuestro máximo esfuerzo.

El tiempo juega a nuestro favor. Y también la fortaleza de unas convicciones que no son precisamente las que ahora están en cuestión. De modo que, desde el pozo del desastre en el que nos sumergimos a velocidad imparable, me declaro profundamente optimista.

Cómo no sentirse esperanzado cuando asistimos al colapso de los valores que, en los últimos 30 años, han hecho de nuestra sociedad un lodazal.  

Se hunden también las estructuras políticas sobre las que esos valores se han sustentado y de las que han vivido como alimañas carroñeras.

Empiezan a caer los mitos ideológicos y culturales que arrasaron nuestra mente en los años en que debíamos ser educados y no adoctrinados.  

Se hace añicos la casta política, cultural, económica, mediática, responsable de nuestro empobrecimiento material y moral.

Empezamos a caminar sobre los restos de las instituciones con las que todos ellos pretendieron construir un mundo a la medida de sus intereses.

¿Por qué habría de preocuparme el hundimiento de un modelo de sociedad que se ha dedicado única y exclusivamente a abducirme y a tratar de acabar con mis valores desde que tengo uso de razón?

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6 comentarios

  1. Juana de Arco · · Responder

    Opino como tú Miguel. La etapa que hemos venido arrastrando desde la Transición se acaba gracias a Dios, pero se acaba porque como dice en refrán y los refranes salen de la experiencia: “quien ml anda, mal acaba”.
    Son épocas de revuelo que Satanás através de sus fieles pretende dominar, y desde la Creación siempre han acabado mal, junto con los líderes y sus bandas.
    Si. Yo soy optimista porque confío en el Señor, Dueño de todo y de todos, que nunca nos deja, pero siempre nos enseña mediante estas cosas, para que aprendamos a fuerza de golpes ya que no lo hacemos como deberiamos.
    Recomiendo el libre: ¿Es razonable ser creyente?, de Alfonso Aguiló. Ayuda bastante a tantos interrogantes sobre estas pruebas.

  2. Juana, muy bueno el libro. Miguel, Me has llenado de esperanza.
    Gracias

  3. Me parece bien el cambio pero no creo que sea necesaria la violencia. Algo así se sabe cómo empieza pero no cómo puede acabar. Quizá no nos guste el resultado.

  4. Es indudable que nuestra decadencia comienza a alcanzar dimensiones clamorosas, de la cual la economía es sólo su más vistosa manifestación, aunque ni mucho menos la más esencial. Con todo, no tengo nada claro lo de su inminente final y menos aún el resultado de su extinción.
    Lo propio del nihilismo es esto, la podredumbre y descomposición de toda realidad. Sin duda, de tal estado de cosas sólo se puede salir mediante una reacción. No podemos ser otra cosa que reaccionarios en su más literal significado, pues vivir sin reacción es, en el imperio del nihilismo, pura muerte. Pero, insisto, no tengo nada claro la fuerza hoy de tal reacción ni la naturaleza de la misma.
    Lo que me pregunto es cuánto tiempo puede resistir el alma humana como cultura y civilización viviendo sumida en la nada. Parece que todo se desmorona, pero en sociedades como estas, la decadencia es la forma natural de ser. Pero nuestro ser es por naturaleza opuesto a esta anomia generalizada, la más radical de las alienaciones humanas posibles.
    No sé, Miguel, mi optimismo procede de mi fe católica, pero no del más o menos inmediato futuro. Me temo que los cambios que tú ves inminentes y en la dirección adecuada no lo verán las próximas generaciones. La ausencia de verdadera visión de los problemas y de las encrucijadas que atravesamos sigue siendo patética; falta perspectiva y profundidad. La carencia de líderes y de intelectuales verdaderamente tales es patética. Por supuesto, nada me gustaría más que equivocarme.

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